A la deriva (2016)

El último bocado había sido comido. Los cubiertos resonaron cuando los dejó en el plato. Tomó el vaso y bebió un poco de agua. En general cenaban bebiendo vino, en especial los viernes y los sábados. Pero ese viernes no tenía ganas. Ella levantó los platos mientras se contaban, sin mucho interés, cómo había sido el día de cada uno. Siempre lo hacían, era un ritual que llevaban a cabo todas las noches y en el cual ellos oficiaban de sacerdotes. Luego él se bañaría y se pondría a ver algo en la televisión o quizá tomase un libro, le encantaba leer. Ella prepararía té, dependiendo la noche él tomaría café, se sentarían en el sofá y con un brazo la rodearía a ella y con la mano del brazo libre tomaría el libro.

Él la amaba, de eso no tenía dudas, y ella a él. Ambos pensaban, y se lo decían constantemente, lo importante que uno era para el otro. Era honesto el sentimiento que existía entre ellos. Entre sus amigos siempre se hablaba de como se miraban, como se buscaban. No había duda que se amaban. Sin embargo nos morimos sin saber qué es el amor. Creemos que todo lo bueno es gracias al amor pero no comprendemos lo que realmente es. El amor es aquel dulce compañero que nos lleva a olvidarnos de todo pero, sin saber cuándo y por qué, se transforma en el tirano más perverso. El amor puede unirnos por placer o hacernos sus esclavos y nos obliga a obedecer.

Hacía un tiempo que él notaba un brillo especial en los ojos de ella como una estrella lejana, que se consumía lentamente y en cualquier momento estallaría como una supernova. En los ojos de él se veía una mirada tierna pero sin vida. Sin decirse nada ambos sabían que algo había cambiado. Ninguno dudaba del otro, sin embargo algo ya no era lo mismo.

Tras tomar el té, ella lo besó tiernamente en la mejilla, le dijo una vez más que lo amaba y se fue a la cama. Ella no lo esperaba, sabía que no iría hasta no terminar el capitulo que estaba leyendo, sin embargo lo esperó. Sabía con seguridad que el iría. Él cerró el libro. Dio un último sorbo al café y se quedó mirando el techo. Sabía que ella ya estaría dormida. Él no podía comprender lo que pasaba, presos de un diálogo que los hechizaba no se permitían romper el sortilegio para preguntarse si no sentían que algo no estaba bien. Tanto él como ella sabían que no era la honestidad la que se había resquebrajado. También sabían que no eran los sentimientos que sentían los que habían muerto. Sin embargo algo no encajaba. Su relación, desde un comienzo, se fue armando poco a poco como un rompecabezas, sin embargo, cuando se acercaban a completarlo, faltaban piezas y nadie sabía dónde buscarlas ni donde realizar el reclamo.

Cinco años habían pasado ya y todo parecía hundirse lentamente hasta estancarse en el fango, que se arma en el camino de la vida cuando un torrencial de tristezas nunca dichas desata su vendaval. En la tiranía del amor hay una tortura lenta en el silencio de lo que no se dice, sin importar cuánta comunicación tengan. Ellos habían probado el ponzoñoso regalo del amor, el cual los condenaba a volar solos por siempre o unirlos en la locura. Él se acercó a la puerta de la habitación y se apoyó en el marco, en su cabeza no había otra imagen que la de Wakefield despidiéndose de su esposa mintiéndole para no volver hasta ver su muerte en vida. Observaba, ayudado por la tenue luz que entraba por la ventana, como dormía. Sobre su costado izquierdo, con su cara hacia el centro de la cama con una mano bajo la almohada. No hace mucho se habían preguntado si les faltaba algo, ambos, con un gesto de no saber, se dijeron que no y se besaron. Sin embargo algo faltaba. Algo entre ellos pululaba engañándolos cual genio maligno lo hiciera con un filósofo del siglo XVII. Algo estaba allí pero no era lo mismo. Él creyó ser el problema y tomó la decisión que le rondaba la cabeza hacía mucho, una vez más recordó a ese siniestro personaje de Hawthorne dejando a su esposa, pero él creía no ser tan macabro. Uno que no sepa el porqué lo acusaría de traidor. Otro sentenciaría que nunca la había amado. Sin embargo lo hacía con todo su corazón, pero algo ya no era lo mismo. Se dio cuenta que sus ojos se nublaban producto de un amor ya no sincronizado. Se acercó a la cama, acomodó las sabanas con las que se tapaba y le besó la cabeza. Depositó las tarjetas en la mesa de la sala, se fijó cuánto efectivo tenía y se vistió con la campera. Guardó la billetera en uno de los bolsillos traseros de su pantalón y garabateó algo en un papel. Apagó la luz de la sala y salió de la casa.

Habían pasado cinco días desde que él se fuera de su casa. Nadie lo había buscado. Su nombre no era reclamado en ningún lugar. Su recuerdo era lo único que había quedado. Entró en un bar, pidió un café y algo para comer, y se dispuso a leer el diario de la fecha que algún distraído se había olvidado. Paseó los ojos por la tapa, nada cambiaba. El Presidente debiendo aclarar alguna denuncia de corrupción, un nuevo asalto en algún lugar que ya a nadie le importa, un crimen pasional, el suicidio de un amor no correspondido. El festejo del equipo de fútbol campeón. Sus dedos comenzaron a pasar las páginas cuando el camarero había llegado con el café y el tostado de jamón y queso. Con esa curiosidad innata en los mozos para buscar la simpatía del cliente y, junto a ella, una buena propina le dijo –Qué locura esa noticia.

Él, sin entender, le dijo -¿Perdón? Disculpe, pero tan solo estoy pasando las hojas, no estaba leyendo.

-Ah, disculpe usted mi intromisión.- le respondió el mozo y comenzó el resumen de la noticia- Una chica de Buenos Aires que al parecer se suicidó tomándose un frasco de pastillas porque la dejó el novio. – Ya había dejado el café y el tostado en la mesa y se disponía a retirarse cuando agregó –Hay cada loco en la viña del señor. Disculpe y tenga buen provecho. – agregó mientras se retiraba.

Él, sin interés, comenzó a leer la nota. En la garganta comenzó a sentir una presión que le impedía respirar con cada línea que leía, sintió su corazón latir con fuerza y su nariz comenzaba a congestionarse. Sus ojos enfocaban con dificultad la lectura por culpa de las lágrimas. Quería gritar pero sentía que estaba paralizado. En ese momento entendió que no era el amor lo que se había muerto ni la confianza la que se había resquebrajado. Comprendió que era la felicidad la que los había abandonado dejándolos a la deriva de un amor incierto que, como el traicionero mar, los había hecho naufragar en la monotonía de la realidad. Comprendió que nunca podría volver con esa sonrisa maliciosa como lo hiciera aquel londinense del cuento de Hawthorne. No pudo dejar de pensar que la ternura del beso en la mejilla no había sido más que el grito violento de auxilio mientras que él solo se limitó a darle la espalda.

(*Cuento registrado en DNDA)