Amor de Madre (2012)

A todos en la vida nos llega el momento en el cual una pregunta nos trae las razones de todos nuestros actos en cinco eternos minutos y, a pesar de ello, no encontramos nunca las palabras exactas que describan lo que sentimos al realizar nuestras acciones. ¡Qué mezquinas son las palabras! Una simple palabra puede herir de la manera más cruel pero, cuando se trata de sentimientos profundos y sinceros, no logran describir toda la belleza de ellos.

Esta escasez de palabras posibles de describir lo que sentía fue lo que halló Ana, cuando le hicieron la simple pregunta: “¿Por qué lo hizo?”. Sus ojos se le llenaron de lágrimas, en la garganta sentía una presión que solo se liberaría con el llanto pero, al ver toda esa sala llena de personas, lo reprimió ya que nadie entendería, que sus lagrimas son por las injusticias que le brindó aquel dios al que tanto se había aferrado en los malos momentos vividos.

Aquella mañana de julio, fría y lluviosa, Ana Farela tuvo esos cinco minutos. Recordó su infancia normal, con momentos felices y momentos tristes. Pensó en su carrera, en todo lo que luchó para obtener su doctorado en Letras. Lo que sintió al conocer a su ex-esposo, Marcos, en una fiesta de la universidad. Las alegrías del noviazgo, los sueños de un hogar y de la maternidad. Recordó el día en que no solo le otorgaron su título sino que también recibía la propuesta de matrimonio de manos de Marcos. También le vino a la mente el recuerdo de la fiesta realizada para informar a la familia y a los amigos sobre el compromiso, y la fiesta de graduación de Marcos, ahora se casaría con un licenciado en psicología. En esos cinco minutos tuvo tiempo para recordar su boda, la luna de miel en Grecia y como, en ella, afirmaban su amor cada noche. Un mes después del viaje vendría la noticia del embarazo que tanto habían planeado. Le llegó a su mente, con el sabor amargo de ese recuerdo que uno quisiera borrar, esa mañana en la que, mientras limpiaba la casa, se resbaló y cayó de bruces al suelo. Recordó cuando Marcos, envuelto en el fuego de la ira, le escupió la frase: “Si el nene no sale normal por tu culpa, olvídate de mí”.

El nudo en la garganta se le hizo más fuerte al recordar la frialdad de Marcos desde entonces y de cómo se marchó cuando el niño nació con una disfunción que lo haría vivir su vida en un cuerpo que no le respondería, sin preguntar cuánto había de culpa y cuánto de azar, sin pensar si en realidad alguien era culpable. Las valijas de Marcos en la puerta de la casa, la amargura de nunca escuchar la palabra “mamá” en boca de su hijo. Sin dejar de sentir que todos los presentes no quitaban sus ojos de ella recordó la muerte de sus padres. Unos meses después el médico le diagnosticaría cáncer de garganta a ella, aparentemente por volverse una fumadora compulsiva. Cada segundo que pasaba más le costaba unir las palabras en una frase coherente.

Su mente, un galimatías, no podía desanudar sus pensamientos. Una vez más la pregunta martilló sus oídos volviéndola a la realidad — ¿Por qué lo hizo, señora Farela?

En su angustia Ana no pudo más y su llanto rompió el tenso silencio de la sala. Quiso mostrarse valiente hasta el final pero sus fuerzas le flaquearon y en un susurro respondió — Porque lo amo. — El juez sin entender lo que Ana había dicho volvió a preguntar.

¿Por qué lo hizo, señora Farela?

Por amor. Mis días están contados y quien se suponía que estuviera a mi lado salió corriendo por no tener la valentía de enfrentar lo sucedido. Porque sin mí mi hijo quedaría olvidado y nadie se ocuparía de él. Usted no lo podrá entender si no ha vivido el infierno en vida que yo pasé. No quise dar a mi hijo en sacrificio a esta sociedad enferma e hipócrita. Él, por sí solo, no hubiese podido sobrevivir a causa de su parálisis cerebral y nadie me tendió una mano. Por todo eso lo hice.

¿Se declara culpable del asesinato de su hijo?

No, señor juez, me siento libre de las cadenas que retenían a mi hijo. Quizá nadie lo llegue a entender, a menos que pasen todo lo que yo pasé, pero por fin me puedo sentir bien con la decisión que tomé de liberar a mi hijo de esta sociedad enferma. Tómelo como usted lo desee.

El silencio de la sala duró unos segundos hasta que el juez dictaminó la sentencia a Ana Farela. Fue sentenciada a reclusión perpetua por matar a su hijo que sufría una parálisis cerebral avanzada. Nada importó el cáncer irreversible que sufría, ni la huida de su esposo una vez enterado del trastorno con la que su hijo había nacido. Tampoco importó que ella misma se haya entregado, informando lo que había llevado a cabo. Muy poco importó que el juez que la sentenciara a cadena perpetua, una semana antes, hubiese sentenciado a una persona por un crimen que no cometió pero que las cámaras de televisión y los periodistas se encargaron de armar el escenario.

¿Cuántos pueden saber cómo reaccionarán si su hijo, imposibilitado de vivir pos sí solo, corre el riesgo de quedar solo para enfrentar la vida? ¿Cuántos hipócritas tildarían a esa persona de loca sin colocarse, ni por unos segundos, en sus zapatos? ¿Cuántas personas le darán una palabra de aliento? Solo respondiendo estas preguntas sabremos de qué somos capaces de hacer y recién en ese momento, aprenderemos a no juzgar por anticipado sin saber cómo fueron las cosas.

(*Cuento registrado en DNDA)