Árbol familiar (2012)

Little girl sleeping in dreams of peace

Mommy been gone a long time

Daddy comes home and she still sleeps

Waiting for the world worst crime

And he comes up the stairs like he always does

(Don’t let daddy kiss me, Motorhead)

No recuerda cuanto tiempo transcurrió desde que dijera que se iba a bañar. Allí se encontraba ella, tendida en la tina del baño. Sus ojos, perdidos en el techo de la habitación, evocaban un pasado reciente. Su niñez, sin brillar, había transcurrido en felicidad. Siempre una alumna premiada por sus logros, con amistades que la apreciaban. Recordaba las reuniones familiares en la época de las fiestas navideñas y los festejos por su cumpleaños. También podía evocar la excitación del comienzo de la escuela secundaria y los miedos de la nueva etapa. Qué feliz era.

Lo curioso es como, a pesar de recordar todo aquello que nos hizo feliz alguna vez, nunca tendremos la capacidad de recordar el momento exacto en el que todo comenzó a desmoronarse. Ni la forma en la que la obscuridad nubla nuestro pasado cegándonos, pero dejando, en nuestro interior, esa sensación de desazón. Su padre ya no la trataba como cuando era niña, se mostraba distante mientras que su madre se volvía, día a día, sirvienta del silencio, esclava del sometimiento. Comenzó a rememorar la muerte de su creencia en ese dios del que todos dicen ser benevolente, sin embargo deja que todo suceda. En esos días ya no soñaba con príncipes, pues sus noches comenzaron a ser invadidas por serpientes que mordían con insistencia y siseaban sin parar. Sombras anónimas detrás de las puertas desaparecían sin decir nada y la luz nunca las ajusticiaba. Su llanto invadía su vigilia como fiel guardián de su silenciosa pena.

Los días ya no eran los de antes. El silencio se hacía, día a día, perpetuo. El dialogo familiar se había vuelto rehén de las miradas cómplices, de las verdades no dichas. Las sombras se adueñaban de la luz de la inocencia y fue al recordar eso cuando un dolor lacerante le recorrió el cuerpo. Ya nada más le interesaría, pues ese dolor significaba libertad. Sus lágrimas comenzaban a limpiar su angustia, su rencor comenzaba a desvanecerse, y un miedo indescriptible comenzó a invadirla al darse cuenta que la puerta abierta ya no podría cerrarse, pero tras ella ya no había ninguna sombra, solo estaban las dudas que lo desconocido genera. En ese momento, en ese preciso instante, las lágrimas ya no dejaron de fluir, sus dedos garabateaban letras que las lágrimas no hacían más que darle un sentido incierto.

Ya nada importa su juventud robada, su inocencia mutilada. Solo siente la serpiente subir por sus piernas, el siseo de su lengua y sus constantes mordidas. No conocerá la sensación del primer beso, no conocerá su primer amor, no experimentará la sensación de vértigo ante la posibilidad de hacerlo por primera vez. Su vida se apaga lentamente, siente como su alma se desprende gota a gota. Las lágrimas ya no tienen más ánimo para fluir. Ya nadie se enterará lo que en su vientre esconde, solo recuerda lo que la obscuridad le ha traido y la puerta cerrándose. Lo último que ve es lo que ella escribió con su sangre, ese mensaje que solo aquel responsable de su inocencia asesinada sabrá comprender. Sus ojos se cierran lentamente, la luz se hace más brillante, ya nunca más sentirá esa serpiente, ya nunca más tendrá que sufrir el amor de su padre pues la última gota ya comenzó a caer.

(*Cuento registrado en DNDA)