Decisiones (2012)

Primera Parte

Como todos los días Julián se levantó a las 6 AM y encendió la cafetera para prepararse el desayuno, en la tostadora colocó dos rodajas de pan y, mientras la pequeña cocina comenzaba a llenarse de los ricos aromas del desayuno casero, se dirigió hacia el baño. Al regresar a la cocina, afeitado y ya vestido con su pantalón, su camisa y su corbata de los jueves, el café ya estaba listo y el pan tostado. Como era su costumbre tomó el desayuno en el pequeño comedor mientras miraba las noticias y los avisos publicitarios, como si de pájaros matutinos cantando se tratara. De vez en cuando giraba su cabeza hacia la ventana y veía como el sol comenzaba a desplegar su calidez sin oír una sola bocina de algún automovilista desquiciado, ventajas de vivir en un piso 24.

Julián tenía veinticinco años y trabajaba en el departamento de créditos en un importante banco. El empleo lo había conseguido gracias a una pasantía que había obtenido en la universidad privada donde cursaba su último año de la licenciatura en finanzas. Sus padres habían muerto en un accidente automovilístico y, como hijo único, debió cargar solo con su pena. Su padre se había desempeñado como profesor de literatura en varias universidades mientras que su madre, siempre controlando todo, había sido una eficiente vicepresidente de una empresa de bajo perfil. Era un joven reservado, en el haber de su vida solo contaba con unos pocos amigos y una sola novia, con la cual había terminado hacía un año.

Tras el desayuno recogió los utensilios, los lavó meticulosamente y los colocó en el escurridor que se encontraba al lado de la pileta. Apagó la televisión y salió del departamento. Como todas las mañanas la misma incomodidad de bajar los veinticuatro pisos saludando a personas con las que nunca hablaba pero que las normas sociales así lo disponían. Al salir del edificio el aire fresco le acarició el rostro provocando un estremecimiento en todo su cuerpo. El viaje en subte no había desentonado en su rutina pues una protesta sindical había generado demoras como era habitual, y las mismas caras fantasmales se apiñaban como zombis con la llegada del subte. Al salir de la estación y tomar la peatonal hasta el banco se cruzó con las caras sucias diarias que tanto le desagradaban, sin saber la causa, cuando le venían a pedir una moneda.

Una vez que arribó al banco Julián saludó tímidamente, a sus compañeros de trabajo y se dirigió a su escritorio para poner en orden sus papeles y comenzar a estudiar la agenda para ese jueves. El primer cliente sería un señor de 65 años, un ingeniero jubilado, que ya había entrevistado en un par de ocasiones en las que este consultó por un préstamo, algo que hizo sonreír irónicamente a Julián pues siendo el departamento de créditos las personas siempre consultaban por préstamos, extraño y macabro juego psicológico que logran las instituciones bancarias. Una vez que acomodó los expedientes de las personas que debían visitarlo según el horario pactado se levantó para llenar un vaso con agua el cual colocó justo a la izquierda del monitor de su computadora.

Eran las diez de la mañana cuando Julián recibe el aviso de que el primer cliente estaba esperando, se levantó y se dirigió al área donde los clientes aguardaban, en cómodos sillones, ser atendidos.

Señor Ferreyra. — Dijo con voz firme aunque en un tono más bien bajo. Vio como un señor se levantaba, vestido con bermudas de color verde y una camisa blanca de mangas cortas. Se saludaron con un fuerte apretón de mano y con una sonrisa, sincera por parte del señor Ferreyra, metódica y estudiada por parte de Julián. — Me había comentado que la solicitud del crédito era para realizar un viaje ¿Verdad?— Inició la charla una vez sentados en el escritorio.

Sí, así es. — Dijo el señor que, como siempre, no pudo contener la necesidad de contar más de lo que a los empleados suele interesarles. — He decidido empezar mi jubilación realizando un viaje que pospuse por mucho tiempo por preocuparme demasiado en cosas que nada tenían que ver con lo que me hace feliz.

Nunca es demasiado tarde dicen.— Lo dijo solo considerando que algo debía decir.

Así es. La verdad no quisiera morirme como el pobre Ilich, — dijo el jubilado con una sonrisa. — ¿Has leído el libro?— Agregó.

No, mi padre siempre me recomendó a ese escritor pero nunca lo leí.

Pues deberías, si me permites decirlo. Si uno lo sabe entender ve que la vida es algo más que la rutina que nos invade todos los días y que la consideramos como algo normal. Mortalmente normal, me atrevería a decir, — reflexionó mientras miraba al joven como si estuviese hablando con su nieto, algo que a Julián lo hizo sentir incómodo.

Veré de leerlo en mis vacaciones. — Dijo con un tono de voz apagado, sintiendo que algo debía decir sin saber qué.

La charla continuó con la firma de formularios, la solicitud de documentación y la explicación de los pasos siguientes. Hacia las 11 Hs., ya había terminado con el Ingeniero jubilado que se despidió diciéndole — La rutina que nos domestica diariamente no es normal, aunque así nos lo hace creer el sistema al que estamos encadenados por tener miedo de seguir nuestros sueños. — Algo que dejó sin palabras al joven, que solo se limitó a sonreír y tender la mano para saludar al ingeniero. Luego de atender a los otros tres clientes miró el reloj que aparecía en el monitor de su computadora y vio que ya era la hora del almuerzo. Dejando su silla y su escritorio se dirigió al comedor internándose en el silencio dejando atrás las melodías de teléfonos, solicitudes y conversaciones.

Mientras almorzaba le vino a la mente la imagen del señor Ferreyra y se estremeció al ver el parecido con su padre y la charla sobre el libro de Tolstoy. Recordó cuando su padre lo sentaba en el regazo y le leía por horas, y cuando los días de lluvias inventaban historias debajo de la mesa mientras su madre los regañaba por el desorden que provocaban. En su mente se acomodaron los fragmentos de las discusiones que seguían a los gritos de su madre. Rememoró la charla con ella cuando tras terminar el secundario le habló de la idea de seguir los pasos de su padre y estudiar Letras. Quería enseñar y soñaba con ser escritor. Su madre, como una horda de vikingos lo hacía con los poblados, arrasó su sueño con argumentos de seguridad económica y un futuro más claro en el mundo de las ciencias económicas. Tal es así que tras terminar el secundario se anotó en la Universidad Argentina de Empresas y cursó la Licenciatura en Finanzas. Recordó que los exámenes finales se acercaban y como le estaba costando concentrarse para estudiar. Sentía que arrastraba, sujeta a su cuello, una enorme piedra de obligaciones por cumplir, de sueños sin realizar.

Segunda Parte

Hacia las 18 Hs., Julián terminaba su día laboral y salió del banco. Observó como unos niños, de pies desnudos y mugre como única vestimenta, se abalanzaban sobre un turista que sacaba unas monedas de su bolsillo para dárselas a los pobres desgraciados, como si se tratara de animales en un zoológico a los que se les tira una galleta y divierten a los visitantes con sus monerías. No pudo evitar sentir una ligera sensación de repulsión que rápidamente fue puesta en su lugar por la apatía cotidiana. De camino hacia la estación del subte, en su cabeza, no dejaban de rondarle las palabras del señor Ferreyra y recordó a su padre decirle algo que no podía acordarse. Pensó en lo increíble que es la mente, en los juegos que nos plantea nuestro propio cerebro. Pareciera divertirse mostrándonos algo que habíamos olvidado pero al querer recordar todo el contexto huye sin dejarnos rastro alguno.

El viaje en subte no fue nada diferente a los de todos los días, atestado de los mismos zombis deseosos de abordar un tren en el que ya ni el aire tiene lugar y que siempre estaban dispuestos a discutir con quienes estaban haciendo algo mal a pesar de no estar ellos haciéndolo mejor. Decidió bajarse en la primera estación ya que se sintió agobiado por la incomodidad del viaje y la apatía generalizada. Al descender sintió como si estuviese recreando alguna batalla de Julio César en la Galia rodeado de hordas de bárbaros que deseaban su sangre o algo mejor, su lugar en el subte. Por primera vez, en mucho tiempo, pensó en volver caminando a su casa parando en cada vidriera en la que veía libros. Pensando qué habría sido su vida de haber seguido los pasos de su padre.

Una vez en su apartamento soltó el bolso ni bien traspasó la puerta y mientras tomaba nota del menú, el especial del jueves era milanesa con ensalada, se quitaba la camisa, la corbata y el pantalón dejándolos tirados en el piso de la cocina. Sin preocuparse por estar en ropa interior, sentía demasiado calor, recogió los apuntes de la universidad para estudiar. Sentía que el aire comenzaba a viciarse otra vez. No había pasado media hora que ya tomaba su primer descanso para poner algo de jazz y beber algo fresco. Notaba el aire espeso, denso, por lo que decidió abrir la puerta-ventana del balcón. Se encontró una vez más pesando en las palabras del ingeniero jubilado << ¿Cómo es el nombre del libro al que hizo referencia?>> pensó y recordó que era algo que le pasaba a un tal Iván. Tras la muerte de su padre había heredado una cantidad de libros casi obscena, a su parecer, de los cuales donó muchos pensando que, de esa manera, parte del dolor se iría con ellos. Al pensar eso se dio cuenta que no pasó lo mismo con su madre, pues ella solo le había dejado la obsesión por el orden y el control, eso a nadie le era de interés. Con esos pensamientos enterró la idea de estudiar econometría y se dirigió a la biblioteca. Como si de un capricho del destino se tratara el primer libro que vio fue La Muerte De Iván Ilich de Tolstoy << ¿No es este?>> pensó y lo tomó. No corría viento a pesar de estar en un piso 24 y sentía que el aire podía agarrarlo con las manos de lo denso que lo sentía.

Al abrir la tapa se encontró con la dedicatoria que su padre le había escrito cuando se lo regaló. Se dio cuenta que ya no recordaba cuanto hacía que habían muerto ¿Es que hacía un año? ¿O eran Dos? ¿Más tal vez? Es increíble como la mente nos puede jugar bromas tan morbosas con algo que tanta pena nos ha causado. Una vez que pudo volver a la realidad leyó lo escrito por su padre.

Hijo, la vida es corta para desperdiciarla haciendo todo lo que nos dicen y darnos cuenta, al final, que perdemos cada día haciendo las cosas que aquellos frustrados, miedosos de ir a buscar su sueño, nos dicen qué es lo correcto y que somos nosotros los que estamos errando por un camino de sueños aún no cumplidos y metas aún no alcanzadas. Nunca dejes tus verdaderos sueños por los logros no conseguidos por aquellos que creen saber qué es lo mejor para ti. Tú, junto con tus sueños y tus metas, eres único. Solo tú sabes qué es lo que te hará feliz.

Tu padre que te ama. 24/12/2006”

Sus ojos se llenaron de lágrimas al notar que ya hacía casi cinco años de cuando aquel ebrio embistiera el auto de sus padres en la ruta hacia Mar del Plata. También se sorprendió al notar el parecido entre lo dicho por el señor del banco y su padre. Esa noche decidió romper la rutina y se preparó un sándwich, destapó una cerveza y se sentó a leer el libro.

Ya había leído la mitad del libro cuando había terminado su improvisada cena. Sentía que le costaba respirar por lo que se acercó a la puerta-ventana y se sentó en el sillón. Ya había leído más de la mitad del libro cuando todavía se sentía agobiado en su living, tenía la sensación de que las paredes se cerraban ante él como cuando en las películas sobre pirámides egipcias el protagonista se hacía con el tesoro prohibido. Decidió entonces que lo mejor sería terminar el libro en el balcón donde, a pesar de la falta de brisa al menos no sentiría las paredes sobre él.

No podía recordar cuanto tiempo había transcurrido desde que terminara de leer el libro y había cerrado los ojos. Una ligera brisa le acariciaba el rostro, era suave y tierna como la caricia de una madre, lo cual lo hizo sonreír al darse cuenta que, en sus pensamientos, le decía a su madre que la perdonaba, que todo estaba bien. La corriente de aire se hacía más continua cuando notó que el aire, a diferencia de como lo sintió en el living, era más liviano. Sonrió al sentir que flotaba. Se dio cuenta de que estaba llamando a su padre cuando una tenue luz comenzó a brillar: — si puedes oírme, papi, espero no sueltes mi mano, pues este camino me es desconocido—. Tenía una sensación de excitación tras darse cuenta que su vida no volvería a ser la misma, que había decidido romper la rutina de sus días. Se debió dormir un momento, pensó, pues no reconocía donde estaba pero la sonrisa que frente a sus ojos apareció le era familiar, la había visto en sus sueños durante mucho tiempo. Esa sonrisa sincera del padre que tanto lo había amado, al que tanto extrañaba.

Hijo, ¿Que ha pasado? — Dijo mientras acariciaba el rostro del joven,

no te esperaba tan pronto—.

(*Cuento registrado en DNDA)