Diez Minutos (2011)

Have you had a bellyful of emptiness

Do you feel like me we’re all just wasting our time

If it’s true inside each cloud’s a silver lining

Why does it shine on other lives but not on mine?

I’ve had a bellyful of emptiness

I’ve got a pocketful of nothing at all

In real-life fairy tales the frog stays a frog

And the serving girl can’t be the belle of the ball.

(A bellyful of emptiness, Skyclad)

Clara inició el día como normalmente siempre lo hacía, apagando el maldito despertador y dándose un baño para ir a trabajar. Un trabajo que le consumía más de diez horas al día, todos los días, sin seguridades y sin más beneficios que obtener el dinero para pagar las cuentas y los alimentos. Ese día era su cumpleaños número veintitrés, pero nada cambiaba eso, su vida estaba destinada a trabajar para darle el alimento diario a Lautaro, su hijo de cinco años. Ella no había pedido esa vida, aunque tampoco había un culpable en las decisiones mal pensadas de la juventud.

Algunos años antes, cuando estaba terminando la secundaria, soñaba con estudiar medicina, conocer a alguien especial, casarse y tener hijos. Nunca pensó que al terminar el secundario un desliz con alguien que se marcharía cuando se enterase que estaba embarazada, a pesar de que ella creyó que él era su otra mitad, sería la sentencia que condenaría sus sueños. Tampoco pudo creer cuando sus padres, lejos de apoyarla, se dedicaron a criticarla y a compararla con su hermana que había llevado la vida planeada, como ella siempre había soñado. A los dieciocho años, Clara, se encontró con sus sueños rotos al chocarse con una realidad en la que nunca pensó, como una copa de cristal se rompe al caerse al suelo. A los dieciocho años se encontró abandonada y despreciada por los seres que ella amaba. Se encontró a la deriva y con una carga de la cual no tenía intenciones de deshacerse, pues era parte de ella, la cargaría con orgullo aunque nunca llegaría a saber si por orgullo o por amor.

Como toda madre soltera y recién salida de la adolescencia no le fue fácil conseguir empleo hasta que una persona, que ella creyó era su amiga, le dio empleo en un puesto que tenía en la feria conocida como “La Salada”.

No te preocupes, cuando necesites días para ir al médico, o no te sientas bien, nos arreglamos, — le decía. Y hasta el séptimo mes del embarazo fue así, pero cuando unos dolores la obligaron a tomar reposo el empleo se esfumó (¿O habrá sido porque ella se negó a ir a la cama con el dueño del puesto? Como siempre ella lo creyó).

En la pensión donde se refugiaba del embiste que la vida hacía día tras día a sus sueños, encontró un alma caritativa que la ayudó a sobrevivir esos últimos meses del embarazo, cuando sus ahorros se esfumaron. Su nombre era María Inés y como si de un ángel guardián se tratara, una vez nacido Lautaro, murió de una afección cardíaca. No obstante, a pesar de su muerte, María Inés ayudó una vez más a Clara. En la pensión dejó detallado que Clara viviera en el cuarto que ella alquilaba, el único con baño propio. Clara nunca entendería las contradicciones de la vida, cómo una mujer que la conoció por tan solo unos meses le brindara el amor y el cuidado que su madre le había negado. Toda su vida estaría agradecida a esa mujer, pero como todas las personas en su vida, la dejaban.

Tras el nacimiento de Lautaro tuvo que salir a trabajar y consiguió un empleo en un puesto del mercado central, por cuatrocientos pesos semanales atendiendo un puesto de verduras y frutas. No era mucho el dinero, pero la trataban bien y la dejaban ir con Lautaro hasta que cumplió un año. Luego de ese tiempo tuvo que buscar ayuda para que se lo cuidaran. Una señora que pisaba los setenta años que alquilaba la habitación contigua, jubilada y olvidada por sus hijos, se ofreció a ayudarla. Su nombre era Rossana. De esa manera tendría compañía y no se sentiría sola, además rechazó el ofrecimiento de dinero que Clara le había hecho: “No querida, no lo hago por la plata. Si no nos ayudamos entre nosotros ¿Qué le queda al mundo?“, le había dicho. Clara no insistió pues, era consciente de que no podría afrontar el gasto si la señora aceptaba la paga.

Siempre, después del baño, Clara tomaba su mate cocido parada frente a la cama observando a su hijo. No podía negar el parecido con su ausente padre, nada de ella había heredado aparentemente, como si hasta en eso Fortuna le estuviese gastando una broma. Aun así lo amaba, era su hijo. Había veces en las que la irritaba y no escatimaba en darle una cachetada o hablarle con palabras no del todo aceptables. Pero era su hijo y lo amaba, no estaba la mayor parte del tiempo con él y cuando no estaba muy cansada para pensar, entendía que el niño buscaba su atención. Pero ese día, el de su cumpleaños número veintitrés, nada volvería a ser igual. Clara no lo sabía, ni siquiera lo intuía.

Al llegar al trabajo el reloj marcaba las seis de la mañana. Su jefe la reprendió porque debía estar allí a las cinco de la mañana, pero los jefes no entienden de la aventura que es viajar en el transporte público, más cuando se viene de la otra punta de la ciudad. El colectivo en el que venía Clara había chocado y se retrasó una hora, pero el Jefe de clara, Don Roberto como lo llamaba ella, no quiso escuchar razones y le aclaró que ese día, se le pagaría la mitad de la semana. Ella no discutió por miedo a perder su única fuente de ingreso. Ya la pensión en la que vivía se llevaba un cuarto de su sueldo. El día fue uno de esos en los cuales uno desea quedarse durmiendo, pues la gente poco amable que iba a comprar la maltrataba por no saber donde descargar su ira. Además, por llegar tarde, Don Roberto, le negó su media hora de descanso, por lo que trabajó hasta el horario de salida sin comer. Cuando el reloj marcó las dieciocho Don Roberto vino con la paga, doscientos pesos como le había dicho, Clara los aceptó, inclusive agradeciendo que le pagara. Una hora tarde y eso equivalía a la mitad de la paga semanal como castigo.

Al salir del mercado central se encontró con que la lluvia arreciaba en la ciudad. Esperó el colectivo por casi una hora. Al terminar su viaje, mojada hasta los huesos, intentó comprar algo para la cena, pero como las calles de barracas estaban anegadas por la lluvia, los comercios habían optado por cerrar sus puertas. Mojada, con hambre, con poca comida en la pensión y con resignación y frustración en su corazón, emprendió el camino a casa. Al llegar, la señora que la ayudaba con Lautaro le indicó, con tono de disculpas, que dejó al niño descansando mientras ella fue a comprar comida antes de que la tormenta se largara y que al regresar como el pequeño seguía durmiendo se quedó mirando TV en su habitación. Clara, sin poder evitar la frustración del día, trató de sonar amable cuando le quitó importancia al caso. Rossana, notó el mal humor de la joven y le aconsejó un baño: “Y cuando salgas te tendré preparados unos mates1 calientes con unas cachangas2 que estaba preparando, “le dijo. Clara, con un esbozo de sonrisa, le agradeció y se dirigió a su habitación.

Cuando más tarde le hicieran las preguntas Clara no sabría qué responder sobre lo sucedido. Al entrar en la habitación encontró a Lautaro, que dibujaba en la pared. Todas las presiones del día dieron como resultado un estallido de ira que la cegó. No se paró a reflexionar o inclusive a prestar atención lo que en la pared aparecía escrito, como sí lo hiciera diez minutos más tarde. Diez minutos. Luego pensaría que es increíble cómo, en diez minutos, puede echarse a la basura toda una vida. Ciega de ira y de las presiones que ese día la castigaron, en su cabeza resonaban las palabras de Don Roberto amenazándola con quedarse sin trabajo si reiteraba su llegada tarde, vio como recibía doscientos pesos menos por llegar una hora tarde por un problema en el que no tuvo la culpa, la lluvia, los negocios cerrados, la poca comida. Recordó al muchacho que la embarazó marcharse; sus padres despreciándola y su hermana, indiferente, que no la defendía; la muerte de María Inés, su hijo escribiendo la pared.

Cuando cayó en la cuenta de lo que hacía el cuerpo inerte de su hijo solo recibía las bofetadas sin mostrar dolor, hacía unos minutos que el niño había dejado de llorar. Los gritos de ella increpándolo por lo hecho habían dejado lugar a los golpes en la puerta que pedían ingresar. Los ojos de la joven, llenos de lágrimas, se quedaron contemplando al niño que sangraba sobre la cama. No podía creer como su cabeza colgaba al zamarrearlo, mientras lo llamaba por su nombre y le pedía perdón por los golpes. Al mirar la pared se dio cuenta que ya nada sería igual. La angustia, el dolor y la culpa estallaron en su garganta con un llanto que se pareció al quejido de un dragón al ser atravesado por una lanza. Al ver la pared, en lo único que pensó fue en estar muerta. En ese momento la puerta cedió. Rossana y dos vecinos más entraban en la habitación. La mujer mayor vio al niño tendido en la cama y llevó sus manos a la boca para ahogar el grito de horror. Los dos vecinos, una pareja cubana recién llegada, se quedaron inmóviles al ver el cuadro.

¿Qué hiciste, Clara?— La pregunta de Rossana fue en un susurro para luego estallar en llanto, — ¿qué hiciste, nena? — Mientras asía de los brazos a la joven, que se encontraba sentada en el piso apoyada en la cama. Clara no paraba de llorar y lo único que escuchó Rossana en un susurro fue la voz de la joven.

Yo también te amo, bebé — los ojos de Clara estaban fijos en la pared donde el pequeño Lautaro había estado dibujando. Dentro de los espirales y líneas se distinguían algunas palabras. A pesar de sus cinco años, Rossana le había enseñado a escribir. — Yo también te amo, — repitió Clara antes de volver a mirar a Rossana. La mujer estaba leyendo lo que decía la pared, mientras uno de los jóvenes cubanos ya estaba hablando con el 911.

La policía llegó veinte minutos después. La ambulancia se llevó el cuerpo sin vida de Lautaro, mientras que un patrullero se llevaba a Clara a la comisaría. Durante el viaje, los policías guardaban silencio, mientras que en la cabeza de la joven no había otra imagen que la pared escrita, la voz dentro de su cabeza en todo momento le traía las palabras escritas por su hijo “Feliz cumple ma te amo”.

En la vida de Clara nada volvió a ser igual hasta que la fueron a buscar a la celda el día de visitas y la encontraron colgando con la sabana alrededor de su cuello. Sobre el piso un sobre de papel que decía: “Para Rossana”. La mujer, que había ido a visitarla, se retiró apesadumbrada. No podía llorar la muerte de la joven a pesar de que le causó gran dolor. No podía dejar de culparla por la muerte del pequeño Lautaro, no aceptaba la excusa que se busca culpando a la vida por las desgracias de uno. En su mano sostenía la carta que le había dejado la joven, se sentó en un banco de una plaza para leerla, no importaba el frío que ese día hacía. Tras el relato que Clara había plasmado en la carta, las últimas palabras le hicieron llenar los ojos de lágrimas. Mirando al cielo, la mujer murmuró

Quien se tiene que perdonar eres tú, hija. Que descanses en paz, niña.

1 Infusión propia de la región del Rio de la Plata.

2 Termino que se utiliza en Uruguay para denominar a la torta frita.

(*Cuento registrado en DNDA)