El amor según un padre (2012)

Love is free

In time, in peace

And now is here

This life, this dream …”

(Thin Air, Anathema)

Desde la cocina el padre había visto que su hijo, recostado en una de las hamacas que tenían en el jardín, escuchaba música mientras veía como el sol decidía esconderse tras las montañas para dejar que las estrellas comenzaran su danza en el cosmos. El hombre se dirigió hacia la heladera, retiró dos envases de cerveza y luego, saliendo de la casa, se encaminó hacia la otra hamaca que se encontraba al lado de la que estaba el hijo. — ¿En qué piensas, hijo?, — preguntó el padre mientras le tendía el envase de cerveza a su hijo.

Nada. ¿Por qué?, — dijo el joven mientras tomaba la botella de cerveza.

Pues. Veamos, te acuestas en una hamaca en el atardecer mirando las montañas y escuchando, ¿qué es? ¿We are here, ‘cause we’re here?, — dijo el padre y tras tomar un sorbo de la botella agregó, — si eso es “no pasar nada” ya nada entiendo. —

El joven sonrió y le indicó con la mano que se acostara en la otra hamaca. Que se quedara con él. Rafael y Maximiliano, su hijo, vivían en San Carlos de Bariloche. Rafael tenía treinta y tres años y era padre de Maximiliano desde los dieciocho. En esa época el estaba ingresando a la Universidad Nacional de Buenos Aires y estaba de novio con Lola, su novia desde los quince años. Tras una decisión no del todo clara la noche de navidad, Lola quedó embarazada. Los padres de la joven exigían que los jóvenes se casaran, pues vieron la oportunidad de librarse de uno de los siete hijos apelando a los valores morales y cristianos con los que se criaron. Ella, por su parte, quería abortar pero Rafael la persuadió de tenerlo. El trabajaría y estudiaría para poder llevar una buena vida. Los padres del muchacho, a pesar de no estar de acuerdo, lo apoyaron en todo lo que pudieron. Así fue como el 17 de noviembre de 1996 Maximiliano llegaba a este mundo.

El primer año no fue fácil, Rafael estudiaba y trabajaba por lo que casi no estaba con Lola. Un día, al llegar a la casa de sus padres, Rafael fue recibido por su madre con Maximiliano en sus brazos y una carta de Lola. Rafael nunca la olvidaría, fue exactamente el día del primer cumpleaños de Maximiliano. Era una carta sencilla, dos líneas y Rafael las recordaba cada mañana desde hacía quince años.

Cuando Maximiliano contaba con seis años, Rafael decidió irse al sur del país, a través de un amigo había conseguido empleo en una empresa de tecnología muy importante, INVAP. El padre de Rafael había vendido unos terrenos en la costa y con el dinero le había conseguido una casa en las afueras del centro de Bariloche. Nunca nadie hablaría de lo sucedido con Lola, de su abandono.

Rafael volvió al presente tras un sorbo que le dio a la cerveza. — Si no quieres hablar hijo lo entenderé. Sólo me quedo en silencio tomando la cerveza y mirando las montañas. — El joven no dijo nada al respecto, solo siguió mirando las montañas mientras tomaba un trago de cerveza. En el pequeño equipo de música comenzaba a sonar Summernight Horizon cuando el muchacho rompió el silencio.

¿Recuerdas cuando te pregunté sobre hacer las cosas como me decías?— El padre dejó escapar una pequeña sonrisa al recordar aquella charla. — ¿Recuerdas lo que me respondiste?—

Sí, lo recuerdo. Que era la manera correcta. —

y cuando te pregunté si a las mujeres debíamos tratarlas igual, ¿qué me dijiste?—

Que también debías tratarlas como corresponde, que debías tratarla como yo te había enseñado a tratar a todas las personas, — respondió y luego tomó un trago de cerveza, acto que su hijo copió. — ¿Te peleaste con Melanie?— Preguntó Rafael entendiendo cual era el camino por el cual iba la charla.

Lo correcto sería decir que ella se peleó conmigo, — dijo Maximiliano con un tono que mostraba cierta incomprensión de los hechos. –O al menos eso entiendo yo. —

Ya veo. —

Ahora entiendo cuando tras preguntarte que ganaba haciendo lo correcto con las personas me dijiste…- y el chico no terminó la frase porque el padre la terminó por él.

No mucho, — dijo con voz apagada. Esa maldita carta venía otra vez a su mente. Recordó cada una de esas palabras. Dieciséis años habían pasado y seguía sin entender el por qué.

Hoy cumplíamos dos años, ¿sabes?, — dijo el joven, — la iba a llevar a cenar a un restaurante muy lindo que a ella le gusta. Festejar los dos años y la graduación. —

¿Y qué pasó?, — preguntó el padre.

Ese es el punto, pa. No lo sé. Unas semanas atrás se enojó conmigo diciendo que no me preocupaba por ella. Que sentía como que ya nada era lo mismo, — comenzó el relato. Tras tomar otro sorbo de cerveza continuó. — O sea, como le dije a ella, es lógico que nada siga igual, vivimos en un cambio constante. Vamos madurando. Son dos años de noviazgo y pasamos muchas cosas. Consideré que eso es crecer. Pero ella me dijo que debía pensar y se fue. — Rafael sentía que la voz de su hijo se quebraba por momentos pero, al igual que él, carraspeaba y dominaba cada palabra que salía de su boca.

¿Tuvo algún problema con sus padres, ella? ¿O será el hecho de estar llegando al final del secundario y todo lo que ello implica? —

No lo sé. Le pregunté pero comenzó a atacarme echándome culpas. Como si todo lo malo de su vida fuera mi culpa.—

¿Cuánto hace de esto? —

Dos semanas.- respondió lacónicamente el joven.

¿Volviste hablar con ella? —

No, me esquiva. Y vi fotos de ella en una fiesta donde había unos comentarios que no me gustaron. Sentí que estaba con otro. Si te tengo que ser sincero, pa, la odio. — Dijo mientras le costaba contener el sollozo. Su padre, sin dejar de sentir tristeza por su hijo se acomodó en la hamaca.

No digas eso, hijo. —

Es verdad. En dos años no dejé de estar con ella en todo momento. Cuando su abuela murió por ejemplo o cuando sus padres estaban a punto de divorciarse. Siempre la traté como a una princesa, le hacía regalos, no dejaba nunca de decirle cosas lindas y de alentarla cuando se sentía triste porque las cosas no le salían bien. Y me paga con esta moneda. No entiendo. Sin ni siquiera hablarme, sin decirme por qué esto no va más. No me sentiría mejor, es verdad, pero al menos sabría que me respeta. Al menos sabría que habría una posibilidad de recomponer las cosas. O tan solo sabría en qué me equivoqué para poder aprender. — Maximiliano tomó otro trago de cerveza.

Las melodías de los hermanos Cavanagh martillaban el corazón del muchacho sin piedad. Rafael se quedaba maravillado por como aquella banda podía lograr que hasta las rocas se conmovieran en la fresca tarde de verano de aquel día. — La odio con toda mi alma. — Sentenció el joven.

Hijo, sabes que no es así. En la vida siempre te enfrentarás a situaciones y a personas de toda clase. No debes dejar que el odio te invada, que no es lo mismo que perdones y olvides, eso es otra cosa. Es verdad que duele, ya lo creo que sí, pero debes entender que no todas las personas enfrentamos los problemas de la misma manera. Además, si la odias, como dices, es porque aún la amas. Son dos caras de la misma moneda. —

Pero al final siempre es igual, todas son como mi madre, todas me abandonan, para eso me hubiera abortado. — Esas palabras cayeron como una lluvia de flechas sobre el pecho de Rafael. En ese instante el padre recordó el día, hacía casi dos años atrás, en el que Maximiliano encontró la carta que Lola le había dejado. Él nunca se había decidido a tirarla. — ¿De qué sirve hacer las cosas bien?—

Maxi, estás hablando en caliente. Más que nunca debes tratar de tranquilizar tu cabeza. —

Pero, ¿cómo? ¿Cómo haces para no odiar a mamá después de abandonarnos? ¿O acaso me mentiste todo este tiempo? —

No, hijo, jamás te mentiría en algo así. Mira, cuando tu madre nos dejó yo tenía diecinueve años. En el momento que tu abuela me dio la carta que había dejado mi corazón dejó de latir. Sabía muy bien lo que esa carta diría. Es verdad, ella no quería darte a luz. Éramos chicos, no se puede culpar a nadie por pensar eso. Yo fui el que decidió seguir adelante con todo, pues no quería correr riesgos de que a ella le pasara algo malo en el aborto ni quería perder la oportunidad de ser padre. Pero para ella fue demasiado, no lo soportó y por eso se marchó. —

Fue débil y prefirió irse en vez de pelear. Te dejó en banda luego de todo lo que hicieron vos y los abuelos. No sé cómo no podes odiarla. — La voz del joven estaba quebrada, le costaba contener el llanto. No podía creer la suavidad con la que su padre le hablaba de un recuerdo tan doloroso, la paz que sentía emanar de él.

En la vida deberás enfrentarte a todo tipo de situaciones y de personas. Siempre debes hacer las cosas de la manera que crees correcta, como te he enseñado, pero cuidado, no todos harán lo mismo. Muchas veces las cosas no te saldrán y muchas personas te lastimarán. Eso es una realidad, — dijo Rafael mientras llevaba el pico de la botella hacia su boca. Luego de refrescar su garganta con un sorbo de cerveza continuó. — Y cuidado, no creas que cuando te digo que hagas las cosas correctas es porque yo sepa la verdad, me refiero a que hagas las cosas sin la intención de lastimarte a ti ni a nadie, no puedes evitar que otros se sientan lastimados, pero al menos que tu consciencia se quede tranquila de haber obrado de la mejor manera posible que la situación te haya permitido. —

Si crecer implica lidiar con todo eso, no quiero ser adulto. Es muy complicado, muy difícil,- sentenció el joven que estaba mirando, con la pálida luz del atardecer, la etiqueta de la cerveza.

Es por eso que no debes perder la inocencia que tienes ahora, hijo.- Dijo el padre con un esbozo de sonrisa y continuó, — de esa manera podrás tener la mente abierta. Y con la madurez ganarás la experiencia necesaria para ser fuerte y poder entender que, sin importar lo que pase, tú eres diferente y las cosas que lograrás son las que están destinadas a ser logradas por ti. Sin el egoísmo insano y la codicia que a los demás empujan a tomar lo que no es suyo, tú serás lo que realmente debes ser y entenderás el porqué debes hacer las cosas siguiendo a tu corazón, como te enseñé. —

¿Aún si me lastiman?—

Si te lastiman sabrás como actuar de manera honesta con vos mismo y demostrar, a quien te lastimó, que la herida provocada no evitará que sigas adelante. Deberás demostrar que la herida sufrida es una cicatriz de una batalla ganada, no una piedra para tu cairn1. —

¿Eso fue lo que pasó con mi madre? —

Sí, hijo, y hoy se pierde de verte crecer mientras que yo me enorgullezco de pensar en la persona que serás. —

Y aun así crees que existe el amor, no te entiendo. —

Hijo, hay muchas cosas que no entenderás y es preciso que así sea, hasta que vivas la experiencia que te enseñará lo que debes aprender. A veces sentirás que el amor es un chiste contado por un dios de dudosa reputación para hacernos creer que vivimos un cuento de hadas, a través del cual sacamos el significado de nuestra efímera existencia. Otras veces creerás que no existe, que todo son intereses y mentiras para lograr cosas que, por la mediocridad de las personas, no pueden obtener de otra manera. Hasta que llega el momento en el que te enfrentas a una situación, como la que me tocó vivir a mí, en la que la persona que creí amar me hirió de manera artera, creí no sobreviviría. Pero junto a la herida tuvo al menos la decencia de dejarme el bálsamo que haría que mi vida tuviera un sentido. Tú. En ese momento tuve dos opciones, odiarte por lo que ella hizo o amarte por lo que serías y las alegrías que me brindarías cada día. Recién en ese momento, hijo, entenderás que el amor no es nada que vos no quieras que sea y que el odio solo es el amor que no fue o que simplemente murió sin dar aviso. El odio, en este sentido, son las cenizas que el fuego del amor deja. Solo depende de ti que recuerdo guardar, si aquel que ilumina tu camino futuro o si aquel que te hunde en las sombras del pasado que no fue lo que querías que fuera. — En ese momento Rafael se dio cuenta que su hijo se encontraba sollozando. Dejó el envase de cerveza al lado del árbol que sostenía su hamaca y dirigiéndose a la que su hijo se encontraba se estrecharon en un abrazo sin tiempo, donde las lágrimas limpiaron las penas de sus almas.

1 Un cairn (carn en irlandés, carnedd en galés, càrn en gaélico escocés, karn en bretón) es un túmulo, habitualmente con forma cónica que se utilizaba originariamente como sepulcro, luego fue utilizado con diferentes propósitos.

(*Cuento registrado en DNDA)