El columpio (2016)

Los pasos hacían resonar la grava del pequeño camino que comunicaba la casa con la parte trasera del terreno. Las piedras que delimitaban el camino brillaban en un blanco platinado. En el cielo despejado se podían apreciar las estrellas como si de lentejuelas bordadas se tratara. Una leve brisa hacía ondear las ramas de los árboles a los costados. El camino, a unos diez metros de la casa, se bifurcaba hacia la izquierda terminando a un par de metros con un imponente ombú. Sus raíces, entrelazadas, se asemejaban a piernas cruzadas en una unión grotesca. Sus ramas, robustas y con follaje, se desprendían como las cabezas de una hidra. Detrás de él, una luna llena aparecía para alumbrar la noche de una forma fantasmagórica. Como una enorme lámpara hecha con una calavera.

Los pasos seguían su andar sobre la grava hacia el imponente árbol. Las fragancias nocturnas de la primavera inundaban el pequeño bosquecillo y el silencio, fuera del sutil arrullo del viento en las ramas, era sepulcral. Le persona en el camino daba sus pasos de forma cansina, casi como sonámbulo mirando donde pisar. Tras unos segundos los pasos se detuvieron frente al árbol. Lentamente, su cabeza fue alzándose y notaba en el suelo una tenue sombra, un tanto deformada, que la luz de la luna provocaba. En ella se podía ver que se asemejaba a un columpio sujeto a una rama del ombú. A pesar del escalofrío que le recorrió el cuerpo no pudo detener el ascenso de su mirada y un terror sin nombre le heló el corazón al ver el columpio bamboleándose levemente.

El sudor frío le recorría la cara y bajaba de forma insistente por el cuello. En su pecho el corazón golpeaba con fuerza, como los tambores de los orcos en los cuentos que de chico leía. Sentado en la cama se sentía como cuando terminaba de jugar un partido de fútbol con sus amigos.

¡Amor!, — exclamó Mariela a su lado, — ¿estás bien?— El sobresalto de su marido la había traído a la vigilia.

Sí, bebé. Solo una pesadilla. — Contestó él y, mientras le daba un tierno beso, le susurró que se volviera a dormir. Apoyó su cabeza en la almohada y pasando su brazo izquierdo por debajo del cuello de su esposa, la abrazó mientras ella apoyaba la cabeza en su pecho. Él suspiró y miró el reloj sobre su mesa de noche. Las 2.00.

¿Otra vez ese sueño? — Preguntó ella mientras le daba un beso en el pecho. El no contestó, sólo murmuró una afirmación. Ella lo abrazó con fuerza y unas lágrimas cayeron sobre el pecho de él. Los minutos pasaron y ambos se sumieron en un profundo sueño.

El sol del sábado comenzaba a salir cuando los pájaros, posados en los árboles del bosquecillo que rodeaba la propiedad, comenzaban su canto matutino. Una tenue y fresca brisa ingresó al cuarto por la ventana entreabierta, trayendo el hermoso aroma de los pinos y del pequeño campo de lavanda que Mariela, ingeniera agrónoma, cultivaba.

Lisandro y Mariela eran un matrimonio joven, él, veterinario rural, contaba con 35 años mientras que Mariela, nueve meses menor, se había recibido de ingeniera agrónoma en la Universidad de Buenos Aires, igual que él. Ambos amantes de la literatura. Se conocieron poco antes de cumplir ella los 24 años en una noche donde las tiendas de libros celebraban la noche de los libros en la Capital Federal. Dos años después compartían un departamento pequeño en la Capital y al año decidieron irse a Lago Puelo, en la provincia de Chubut. Se instalaron en la antigua propiedad del abuelo materno de Mariela. Un terreno de casi seis hectáreas sobre la ruta provincial 16. Lo que los había motivado dejar todo en la Capital Federal fue que no estaban de acuerdo con vender su vida a la intransigente velocidad e intolerancia que las grandes ciudades demandan. Por eso, tras arreglar la sucesión, los padres de ella no habían mostrado ninguna objeción, decidieron vendieron el departamento de él, los muebles y se embarcaron hacia el sur de Argentina. Al año de instalarse en Lago Puelo tuvieron a Lorelei. Una hermosa niña de pelo negro como la noche, igual que su madre, y ojos grises heredados de su abuela paterna. Durante cinco años el matrimonio y su pequeña hija habían disfrutado de la vida en un pueblo muy tranquilo. Lisandro tenía su consultorio en el centro del pueblo mientras que Mariela se dedicaba a organizar su huerto del cual obtenía aceites aromáticos gracias a su campo de lavanda, tenía una pequeña producción de miel artesanal y vendía algunas frutas como frambuesas y ciruelas.

Cuando Lorelei había cumplido los tres años, Lisandro, hábil con las herramientas, le había armado un columpio en el ombú que, el bisabuelo de Mariela había plantado hacía mucho tiempo atrás. El ombú se encontraba en una bifurcación del camino que conectaba la parte trasera de la casa con el campo de lavanda. El camino del ombú, como le decían ellos, se abría hacia la izquierda, en donde Dante, el golden Retriver que vivía con ellos, jugaba tanto con ellos como con la gata, Freya. Un llano en donde Lisandro y Mariela habían colocado una mesa, unas sillas y era su lugar de desayuno en los días soleados.

Pero todo esto ya era pasado. Nueve meses atrás, en una situación que no se encontraron muchas explicaciones, Mariela volvía del campo de lavanda, al que había ido a recoger unas herramientas para guardarlas en el cobertizo y encontró, al pie del ombú, el cuerpo sin vida de la pequeña Lorelei. La pequeña, ella lo aseguraba, había quedado durmiendo en el futón que tenían en la amplia sala de estar de la casa. Una y otra vez repitió cuando la policía la interrogó que no habían pasado más de diez minutos. Pero en ese momento, el desconcierto de lo sucedido le había embotado los sentidos. Solo recordaba escuchar los ladridos incesantes de Dante en el comienzo del camino del ombú cuando estaba regresando a la casa.

Desde ese día no volvieron a caminar por el sendero del ombú. Hacía nueve meses que el desayuno, los días soleados, se hacían en el luminoso comedor. La alegría era una sombra del pasado que seguía doliendo. Lisandro nunca culpó a Mariela, él sabía muy bien que ella nunca habría descuidado a la niña de esa forma, pero su humor se desvaneció, como una vela que se está terminando de consumir, se fue apagando lentamente. Ella, a pesar de mostrarse fuerte, siempre que iba al campo de lavanda se quedaba largos lapsos de tiempo llorando en la bifurcación. Siempre acompañada de Dante y de Freya.

A partir de aquel fatídico momento, Lisandro, no había dejado de tener pesadillas que rondaban alrededor del ombú. Todas las mañanas se proponía deshacerse del columpio pero una vez que llegaba a la bifurcación se paralizaba. El solo imaginar el ombú como el escenario de la muerte inexplicable de su hija le helaba el corazón y sus miembros se entumecían. Las pesadillas atacaban sus recuerdos con tanta realidad, que ya no sabía si eran hechos pasados reales o solo imaginaciones de su subconsciente. Algo que había notado Lisandro era que, previo a sus pesadillas, Dante, que solía pasearse por el terreno antes de que lo llamaran para que entrase en la casa, aullaba tristemente y, por cómo se podía apreciar, lo hacía en el camino que iba hacia el campo de lavanda. No solo eso era escalofriante sino que Freya se mostraba inquieta y maullaba desconsoladamente.

Una suave brisa acariciaba las ramas de los árboles y esparcía el dulce aroma de la lavanda. La noche estrellaba se presentaba obscura, solo iluminada por una redonda luna que hacía brillar las piedras a los costados del camino.

Los pasos en la gravilla se arrastraban cansinos. Su mano castigada por los años y el trabajo ya no le pertenecía. Tomaba, delicadamente con firmeza, la mano de una niña que lo guiaba por la noche estrellada hacia el sendero del ombú. La pequeña de vestido blanco, brillaba producto de su palidez, y de sus labios salía una melodía que le retorcía el corazón.

Los árboles se agitaban mansamente por el suave viento de la primavera patagónica. Unos pájaros, únicos testigos del paseo, estaban posados en las ramas de un pequeño arbusto observando cortésmente lo que parecía un desfile nocturno de dos almas en pena. Era asombroso como el silencio se había apoderado de todo el espectáculo. Solo se oía la brisa agitar unas pocas ramas y los pies arrastrándose como el andar agotado de un anciano que hace mucho esfuerzo para poder llegar a cualquier lado. Su mente, lo único que le pertenecía, no quería seguir por el sendero que habían tomado, pero sus pies seguían a la niña que de forma resuelta lo llevaba.

El ombú se presentó al final del sendero como un antiguo altar de sacrificio. Las raíces, grotescamente entrelazadas y anudadas, le trajeron el recuerdo de los pasillos de la casa de Asterión. El columpio se balanceaba burlonamente producto de la caricia del viento. La niña se soltó y se quedó quieta a un paso de aquél. Él continuó hasta el árbol y pasó una soga por la misma rama en la que estaba sujeta la hamaca.

El terror le atenazó el pecho al ver que sus manos ya no eran las de un anciano. Volteó la mirada hacia la niña y la vio junto a un hombre entrado en años, que le sonreía. Al volver su mirada hacia donde había estado trabajando un grito de horror se le atragantó. Ya no podía determinar qué era sueño y qué una pesadilla. Al mirar en dirección hacia donde se encontraba la niña solo vio al anciano que le hacía un gesto para que viera en dirección hacia el columpio.

Vio que la niña, sentada en la hamaca, le extendía su mano libre y le decía — Ven, papi. Toma mi mano como lo hace mami. — El horror y el llanto finalmente lo dominaron y cerró los ojos buscando despertar. Pero la vigilia, egoísta, lo esquivó.

Tres años habían pasado del trágico suceso. La inmobiliaria que dirigía el negocio en Lago Puelo estaba a punto de sacarla de su catálogo, y que el abandono la ocupara todo el tiempo que quisiera, cuando apareció una familia de Córdoba que estaba interesada en un terreno de la ruta provincial 16. Él, Marcos Cosetti, era un empresario que dirigía todo el negocio de la recolección de residuos patológicos de la capital cordobesa. Su esposa, Emilce Hunn, ingeniera agrónoma, decidió renunciar a su trabajo cuando nació la pequeña Julieta, que ya contaba con cuatro años. Una vez realizada la transacción la familia se mudó a la casa y comenzaron las tareas concernientes a las refacciones que debían hacer a la casa y todo lo referente a recuperar el terreno.

Una vez instalados, Emilce comenzó a descender por el sendero que se encontraba detrás de la casa, junto a la pequeña Julieta que iba caminando y se detenía con cada cosa que le llamaba la atención. Al llegar al campo de lavanda Emilce se lamentó del estado del terreno pero pensó que allí podría levantar una huerta, parecía terreno fértil. El viento del verano mitigaba el calor que generaba la inclemencia del sol.

Julieta dobló en una bifurcación del camino cuando su madre se distrajo analizando las otras partes del terreno. Al escuchar el grito, A Emilce se le paralizó el corazón y a los gritos comenzó a llamar a su hija. Cuando dio con el camino que se abría de ese sendero vio que su hija estaba arrodillada en el suelo tapándose los ojos y llorando. — ¡Juli, mi amor! ¿Qué sucede? — Decía Emilce mientras rodeaba a su hija con los brazos mientras se sentaba en el camino.

Me asustaron, mami.

¿Quiénes, mi vida? — Preguntó mientras miraba para todas las direcciones. — ¿Hay alguien detrás del ombú, mi cielo? — La niña negó con la cabeza sin dejar de llorar y levantando la mano señaló en dirección a un viejo columpio que se agitaba tímidamente.

Ellos. — Emilce sintió que su corazón latía con tanta fuerza como si quisiera escaparse y un escalofrío le recorrió toda la espalda, mientras veía que las ramas del ombú se agitaban.

(*Cuento registrado en DNDA)