El ermitaño (2015)

Vino del campo. Caminaba de forma extraña, con las piernas abiertas y pisando con todo el pie a la vez, como si sintiera bajo el zapato que el suelo se moviera. Los brazos los balanceaba como cuando uno intenta caminar en el agua tras una inundación y el agua alcanza nuestras rodillas. A cada paso su cabeza se estiraba ligeramente hacia adelante, como hacen los pájaros. Le decían el Ermitaño. El pobre no gozaba de belleza. Para ser honesto, era feo de veras. Tenía la nariz brillante y ancha, como la de los antiguos habitantes de las cavernas. Pelo rizado, todo enmarañado, que sufría un cambio de tonalidad marrón al negro. Se podía apreciar que debajo de la ropa, seguramente, estaría cubierto de vello por lo que se dejaba ver a la altura del cuello de su camisa. Tenía aire de cordero, o de pájaro, una cruza entre cordero y pájaro. Como una representación de alguna deidad babilónica con giros de alguno de los antiguos dioses creados por Lovecraft. De hecho, por momentos, parecía una representación gauchesca de Arthur Jermyn1. No era tonto, sin embargo era quizás algo peor, nada fácil de explicar. De familia muy bien acomodada económicamente gozaba de la libertad de andar por la vida que solo el dinero puede brindar a personas tan poco agraciadas, aunque nunca salió de su casa hasta que su padre lo obligó a ir al colegio y el porqué quedará siempre en las sombras. El símbolo o la parodia de lo que a esa altura de nuestro bachillerato, Fray Pablo Agustín Aranguren, nos estaba haciendo falta, cuarto año de un colegio nacional mixto.

Hernán lo decidió por todos, ni bien lo vio. Fue un lunes de mayo. Hernán había llegado a clase en la segunda hora y se detuvo en seco en el marco de la puerta. Lo miró, pestañeó y miró a los demás. Volvió a mirarlo fijamente y dijo:
— Perdón, eso, ¿qué es?

La primera reacción de todos fue reírnos. Algunos con sonoras carcajadas, propias de los seguidores del chico popular, mientras que otros lo hicieron de forma tímida para no pasar por irrespetuosos. El Ermitaño, sin embargo, se encogió de hombros buscando hundir su rostro en su pecho. Entre medio del ruido de burlas y carcajadas hubo una voz que no toleró la maldad a la que puede llegar algo tan bello como la risa, pues algo que nos limpia la pena más honda nunca puede ser utilizada para generar pena en ningún ser de la tierra.

Al principio la voz no fue tenida en cuenta porque el murmullo era cada vez más elevado y los pocos que habían oído el reclamo no sintieron interés alguno en él. Sin embargo, a pesar de que todos seguíamos festejando los hirientes chistes de Hernán. Algunos porque los encontraban graciosos y otros porque, como animales sociales, nos unimos al grupo de pertenencia por no tolerar la soledad y el desprecio.

— ¡Basta, chicos! No sean malos.

Esta vez, la voz ganó tal potencia que todos enmudecieron. Una voz que, a pesar del grito que dio para ser oída, era dulce y melodiosa. Como la voz de una heroína que buscaba evitar una injusticia, allí estaba ella, parada sobre su banco para que todos le prestásemos atención. Su pelo negro le caía, lacio y brilloso, por los hombros. Sus ojos marrones desprendían un fuego que mostraba la furia que tenía por las burlas realizadas. Inclusive, como hipnotizado, el Ermitaño se irguió en su asiento y giró la cabeza para mirarla. Su nombre era Rebeca Warmuz, hija de un comerciante alemán cuya familia llegó a la Argentina en el siglo XIX para hacerse con tierras en la zona de Santa Fe.

— Bueno, bueno— dijo Hernán con sorna. — Parece que se formó una parejita. — Esto generó nuevas risas pero ya no tan populares. Yo decidí no sucumbir al hechizo de la masa y esta vez me mantuve en silencio. Mis ojos iban desde Hernán hasta al Ermitaño, posándome en la cara de cada uno de mis compañeros. Pude ver como la heroína se avergonzaba de haber salido en defensa del pobre desgraciado. En sus ojos podía verse el enojo que tenía con ella misma. Sin embargo, lejos de amedrentarse se puso firme y se dispuso a dar pelea. Ya no estaba defendiendo al desgraciado sino defendiendo su integridad. Esa integridad, que nos damos cuenta que tenemos cuando, al defender al menos favorecido, nos dimos cuenta que cometimos un error pero no queremos reconocerlo. El altruismo generado por el orgullo, el peor egoísmo de todos.

Nunca me olvidaré de ese día, el primero desde que tuviera al Ermitaño como compañero de clases. Los modales de este pobre desgraciado eran extremadamente refinados. Sin duda, sus padres no escatimaron en brindarle la mejor educación que les fuera posible. Nunca entendí qué los llevó a exponer a su hijo al mundo exterior, como, a su vez, siempre me interesó saber sobre su ascendencia. Del padre poco se supo, se decía que era antropólogo y viajaba alrededor del mundo. Otros decían que era un buscador de tesoros, pero todos concluían que estaba loco, más luego de sacar un libro que describía una civilización sacada de la mente de Arthur Conan Doyle. De la madre se sabía aún menos. Nadie la había visto en persona, jamás. Sin embargo, era de conocimiento que se decía que provenía de una familia real. Se habría casado con Roberto Grave Iraizoz, así se llamaba el papá del pobre chico, en uno de sus viajes por Sumatra o el sudeste asiático.

Cincuenta años ya pasaron de ese lunes de mayo y lo recuerdo como si hubiera sido ayer. En ese día el Ermitaño conocería el amor incondicional y Rebeca el sentimiento de compasión más desagradable que el ser humano puede sentir. Él, sin saberlo, se convirtió en el objeto de burla de la joven. Ella se habría convertido en el personaje de adoración del deforme muchacho, que, a pesar de todo su dinero, nunca tendría la posibilidad de cortejarla. Sin embargo, existió un pacto silencioso entre ellos. El Ermitaño la protegería de cualquiera que quisiera hacerle daño y ella solo tenía que comportarse de forma compasiva.

Recuerdo el revuelo que se armó en la casa del señor Warmuz cuando se enteró de que, el Ermitaño, la acompañaba hasta su casa por el camino de tierra que va de forma paralela a la ruta. Pero el señor Warmuz nunca realizó un descargo formal ya que su negocio, en parte, se sostenía por las adquisiciones del señor Grave Iraizoz. A pesar de esto, según se cuenta, a través de los rumores de personas que nada interesante poseen en su propia vida, el papá de Rebeca le había hablado muy duro a la joven. Lo cual alentó a que se empeñara más en su falsa bondad con el solo objeto de desafiar la orden de su padre.

Tres años después de terminar el colegio, Rebeca, caería víctima de la epidemia de tuberculosis que nos asoló. Primero comenzó como una gripe, según dijeron los médicos, pero antes del mes ya había desmejorado mucho y estando de compras en el mercado tuvo su primer episodio de tos con sangre. Poco a poco, las personas sin sesos pero con dinero, dejaron de frecuentar los alrededores de la casa Warmuz, para luego dejar de merodear por el negocio. Entre los muertos que la epidemia se llevó y la ignorancia, el papá de Rebeca ya no contaba con los medios para hacer frente a la enfermedad de aquella.

Unos años después de la muerte de Rebeca, me enteré que Don Warmuz recibía las medicinas, de forma anónima, para su hija. Este personaje anónimo no era más que el Ermitaño. Su papá no había vuelto de su última expedición y a los veinte años había heredado la fortuna de la familia Grave Iraizoz y de su mamá, de la cual nunca sabremos el nombre. Para ese entonces, El Ermitaño, ya no salía de la casa sino de noche. Hay quienes dicen que todas las noches se paraba en las sombras frente a la casa de Rebeca, como una gárgola que protegía el castillo.

Sus lágrimas no encontraron la contención necesaria cuando se enteró de la muerte de Rebeca, según me confesó uno de los sirvientes que tenía el joven, que era conocido de mi padre. Dicen que esa noche, una fría noche de agosto, se escuchó un aullido profundo cerca de los dominios de la mansión Grave Iraizoz. Algunos lugareños mejor alimentados de supersticiones que de una buena comida, decían que era el lobizón.

A Rebeca la enterraron en el cementerio Mater Dei. El chacra, se escabullía todas las noches, gracias a la ayuda del sepulturero, para poder acompañar a su amiga en las frías y eternas noches dedicándole melancólicos cantos. Según pude hablar con el sepulturero, el señor Marcos Peña, eran tristes melodías en una lengua extraña, pero con una voz exquisita. El me confesó no entender ni una palabra, pero a pesar de su escasa formación académica me aseguró que no era latín, ni ninguna otra lengua actual de las que se conocen en nuestra cosmopolita nación.

Tras la epidemia de tuberculosis vino el cólera y nuestra ciudad ya nunca más tuvo el esplendor comercial que otrora disfrutara. Las pocas familias pudientes siguieron sobreviviendo, algunas más por su petulancia de doble apellido que por negocios rentables. Muchas mansiones se derrumbaron por el deterioro y el mismo cementerio cayó en desgracia. Las tumbas tampoco se salvaron de las desgracias, algunas de estas habían sido profanadas por gente necesitada de encontrar algo para vender, pues la moral ya se había muerto de inanición. Pero la tumba de Rebeca quedó sostenida en el tiempo. Su césped siempre fresco, sus flores siempre frescas. El mármol de su tumba no dejaba de brillar y de reflejar la cara de quien estuviera leyendo la inscripción. Nunca nadie lo vio, pues el cementerio ya no cuenta con sepulturero ni con guardia, ni con puerta, esta se encuentra fuera de sus goznes hace años. De hecho ya nadie tiene interés para enterrar a nadie allí, pero todos sabemos que él iba todas las noches a conversar con su amiga y a mantener la tumba como si nada pudiera alterarla.

Esta será mi última nota para el periódico de esta pequeña ciudad fantasma, sin embargo yo moriré y la tumba seguirá impecable. Sin duda, El Ermitaño, es alguien extrañamente particular.

(*Cuento registrado en DNDA)