El parque (2016)

Recuerdo que de niño se me erizaba la piel al cruzarme con alguien de la colectividad de gitanos que vivían cerca de donde me crié. Claro que, ese miedo, era más producto de supersticiones ajenas, que por experiencias propias. Ojalá la soberbia que te regala la adultez no me hubiera privado de ese miedo primitivo a las supersticiones. No importa quién soy, si es que soy alguien todavía. No recuerdo cuanto tiempo llevo vagando por este parque sin fin. Muchas veces se me presenta un interrogante, a veces se me ocurre pensar que aquella mujer, la culpable de mi desgracia, en sus palabras escondía algo más en forma de deseo. De joven me preguntaba cómo sería estar loco y hoy podría responderle a ese impetuoso joven que fui, que la locura es como vagar en un parque toda la eternidad.

Sé que parezco exagerado pero ya no sé cuánto tiempo llevo atrapado aquí. ¿Días?, ¿meses?, ¿años? Yo lo siento una eternidad. Veo que los visitantes de siempre ya casi no vienen y, cuando lo hacen, se apoyan en un bastón. ¿Es posible que hayan pasado años? Mi barba, bastante tupida, es de un gris plomo y mis zapatos son propios de un pordiosero. Me alimento de lo que encuentro y por las noches, solo los perros de la zona me devuelven, en forma de aullidos, una contestación a mis gritos desesperados.

Sé que creen que soy un exagerado. ¿Sé preguntan qué fue lo que sucedió? Bien, aprovecharé estas hojas que encontré en el parque, seguro que algún estudiante las perdió junto a este lápiz. Si bien es necesario que no me explaye demasiado, solo cuento con unas tres o cuatro hojas, intentaré realizar un resumen completo de lo que sucedió aquel invierno de 1872.

Mi desdicha comienza una tarde soleada de invierno. Todas las tardes, luego de dedicarme al estudio de la literatura y de escribir algún cuento, o intentarlo al menos, me dirigía a este parque a leer. No soy muy sociable así que tenía el beneficio de no ser molestado. Aquella tarde de julio decidí suspender la lectura en el estudio de mi casa para continuarla al aire libre. Luego de tomar un té y comer algo salí de la casa. Al llegar a la calle principal, la que conecta con el parque, un grupo de gitanos se encontraba apiñado frente a la tienda de ramos generales del pueblo. Los hombres discutían a los gritos en aquel dialecto zíngaro y las mujeres coreaban los insultos de sus maridos, mientras los revoltosos niños se dedicaban a corretear por allí, ya sea jugando como para aprovecharse de algún distraído al que pudieran hurtarle unas monedas.

Cerciorándome de no tener nada al alcance de los dedos de aquellos pilluelos, enfilé en dirección al grupo, pues siguiendo la calle central se llegaba la parque, a unas cinco cuadras de la tienda en cuestión. Nunca escuché el carro que se aproximaba, pues me encontraba absorto examinando a los gitanos con una mirada de desprecio. Uno de los niños, de unos doce años de edad, simulando que me choca intenta colar sus dedos por el bolsillo de mi saco. Al percatarse que lo había tomado a la altura de la muñeca, forcejeó para salir corriendo.

Los gritos estallaron de golpe. El carro, tirado por cuatro caballos, había atropellado a una de las imprudentes niñas que no miraban al cruzar de un lado al otro de la calle. Tras haber sido pisada por los caballos su cuerpo fue a quedar bajo una de las ruedas. Mientras las mujeres lloraban y gritaban de desolación, los hombres del grupo tomaron al conductor, que no salía de su estupefacción, y lo apalearon duramente. Si me preguntan, dudo que haya sobrevivido a tremenda paliza.

En aquel momento, sentí que unas manos me agarraban firmemente del brazo. Era una señora de unos setenta años, que me había agarrado y con un rostro inundado por las lágrimas me hablaba rápidamente. La voz desgarrada de la señora y la fuerza con la que me tomaba me arrancaron del estupor, que aquel acto salvaje me había causado. Su acento era extraño, sé que me pedía ayuda pero yo sólo movía de forma negativa la cabeza. No porque no quisiera ayudarla sino porque no le entendía. Mis palabras se quedaron atrapadas en mi garganta presas del caos que generó en mi mente haber visto como la niña perdía la vida al ser pisoteada por aquel carro. El grupo de gitanos, que golpeaban al conductor, lo hacía con tal saña, que poco les importaba sacar a la niña de debajo del coche. Presa del miedo quise soltar la mano de la anciana para huir de ese escenario dantesco. Sus ojos, color de la miel, ya no lloraban. Su expresión de dolor fue reemplazada por la del odio. Ya no me jalaba para que la ayudara sino para que no escapara. A mi memoria vienen un montón de palabras ininteligibles de una lengua que desconozco pero que abrazaron mi corazón con un terror oscuro como la noche. Antes de poder zafarme de las zarpas zíngaras recuerdo que, con su mano libre, acarició mi rostro, que comenzaba a sentir el correr de algunas lágrimas, y en un tono dulce, que contrastaba con el odio en sus ojos me dijo: “Por no querer ayudarme te maldigo. Jamás podrás salir de aquel lugar al que vas. Solo la muerte te podrá dar paz y esta te será esquiva”

Mi carrera desesperada para huir de ese espectáculo grotesco me trajo hasta aquí, al parque al que me dirigía para leer. Este inmenso parque, que otrora fuera un paraíso para mí, se ha convertido en mi prisión hasta que exhale mi último aliento. No importa cuánto camine por estos senderos, aquellos que van hacia la salida, que sin duda alguna lo hacen, me traen de regreso al parque. Y lo peor de todo es mi cobardía cuando recuerdo las últimas palabras de la gitana.

(*Cuento registrado en DNDA)