El trono del desgraciado (2015)

Puso el revólver encima del escritorio y lo vació. Sentado, meditativo, fingiendo empeño estuvo haciendo caer el percutor hasta que empezó a declinar la sosegada tarde de invierno. Una y otra vez el dedo en el gatillo y él agazapado en el centro del silencio endurecido que lamían perros, gatos, las bocinas lejanas balanceadas sobre el río.

Sobre la mesa se encontraban los seis casquillos del arma, cinco habían sido disparados y entre ellos se encontraba la sexta bala que no había sido utilizada. Mientras tanto, él continuaba jalando el gatillo cada vez que llevaba el percutor hacia atrás. Sentado en una silla no se había molestado en quitarse el abrigo ni el sombrero. El viento soplaba fuera. Un viento fuerte que si él hubiese mirado por la sucia ventana habría visto cómo se arremolinaba al son de un aullido lastimero, como el de un lobo herido. En el cielo las nubes se paseaban al igual que sombras siniestras al acecho de una víctima. Poco a poco el vidrio de la ventana de la pequeña y desvencijada casucha se empañaba producto del poco calor que hacía adentro y del frío que iba ganando terreno fuera.

La habitación solo se encontraba amueblada por un catre apoyado sobre la pared contraria a la puerta, una mesa en el centro con una lámpara de gas sobre ella y una solitaria silla, “el trono del desgraciado” pensó. Todo se encontraba tapizado de un polvo que ya podía contar la historia de muchos años transcurridos sin que nadie lo perturbase. Los ojos seguían fijos en el revólver y en cada movimiento que hacía con sus dedos, su vista se nublaba por las lágrimas que comenzaban a acumularse como el agua lo hacía en las nubes. Su rostro inexpresivo mostraba la desgracia propia de un hombre que había cruzado el umbral del laberinto en donde encontraría a Asterión o quizás él era aquel a quien vendrían a matar para liberar al pueblo de su sangrienta sed.

La luz comenzaba a mostrar que flaqueaba, en cualquier momento la lámpara habría consumido todo su combustible. De pronto decidió no jugar más con el revólver y sin moverse demasiado en la silla comenzó a acomodar los casquillos de las balas utilizadas parándolos y colocándolos en forma de una cruz. Sonrió al notar lo que había hecho. Pero fue una contracción de los músculos más que una sonrisa. Solo había torcido el gesto impulsado por esas reacciones propias de nuestro inconsciente que nunca sabemos porqué nos llevan a realizar ciertos gestos.

Hacía tan solo seis días desde que decidieran realizar la movilización a favor de los obreros de la fábrica en la que trabajó hasta entonces. Había llegado el momento de frenar con el abuso, era hora de comenzar a levantar la voz y hacerse escuchar. La opresión por parte de esos aristócratas que, desde sus escritorios, ejercían sobre los trabajadores debía terminar. El trabajo en las fábricas se había convertido en una esclavitud moderna. Un circo romano sofisticado en donde el dueño decidía quién viviría para pelear un nuevo día y quién no. Los obreros eran la viruta que despide la madera cuando es trabajada por la garlopa de ese gran carpintero llamado Capitalismo. Los explotaban hasta dieciséis horas al día por unas míseras monedas. No debían enfermarse pues mano de obra desempleada abundaba tanto como los niños desnutridos muertos por la tuberculosis, en casuchas de dos por cuatro en algún rincón olvidado de la ciudad.

Los compañeros del movimiento se habían decidido tras la reunión que el capataz, Francisco Santillán, había tenido con la patronal. Los pedidos de mejora salarial y de las condiciones laborales habían sido despreciados. Los cerdos sabían que ganarían, había miles de desempleados deseosos de llevar un mísero peso a sus hogares para darles algo que comer a sus hijos. Sin embargo, Francisco Santillán y sus compañeros estaban decididos, o peleaban con la palabra honesta como arma o tomarían la fábrica. El pulgar había señalado el suelo, esta vez la toma de la fábrica sería el camino.

Nunca se dieron cuenta de que habían sido entregados mucho tiempo atrás. No en el momento de la revuelta sino mucho más atrás en el tiempo. Pero él no pudo soportar el engaño cuando descubrió quien los había delatado. Tantos años de lucha juntos, de amistad. Todo tirado por la borda gracias a unos pesos más y a promesas que sonaban más a pretextos que a futuro. No, era imposible creer que por esas mentiras los vendiera.

Francisco fue el primero en caer, los rompehuelgas enviados le dispararon en la cabeza. Recuerda aún sus palabras antes de que el fuego de las armas iniciara su inquisidora matanza: –Nos cagó, negro. Andate, fuimos vendidos, Alejandro. Tu amigo nos vendió.

No podía creerlo aún ¿Cómo no pudo verlo? Toda una vida de amistad y no podía explicarse el porqué. No solo perdió a sus compañeros de lucha, algunos muertos y otros apresados, sino que su esposa y su hijo ya no están a su lado. Lo habían ido a buscar a su casa el mismo día de la huelga, era la mano derecha del capataz. Derribaron la puerta y entraron disparando a todo aquel que se moviera. Su hijo de cuatro años fue el primero en caer, una bala le destrozó el cuello. Luego su esposa caería con cuatro balas en el pecho. Todo por aquel al que consideró un amigo, un hermano.

No recuerda cómo le fue posible escapar del encuentro con esos rompehuelgas apoyados por las fuerzas de seguridad. La Liga Patriótica decían llamarse. Nenes de plata que al no tener las agallas para ir de caza al corazón de África decidieron que pelearían por lo valores nacionales, en vez de cabezas de leones exhibirían las de los obreros. Sostendrían en alto los valores de cuatro o cinco familias que se enriquecían con la explotación de los menos afortunados. Una vez a salvo de la represión sufrida decidió que se vengaría. Sabía que no podría hacerlo con todos los responsables pero sí lo haría de los asesinos de las personas que él amaba.

Tomó uno de los casquillos y recordó lo sucedido tres noches atrás cuando buscó al asesino de Francisco Santillán. Ricardo López Matena era un dandy de veintitrés años. Estudiante de derecho, pasaba sus días en la Universidad y gastando la plata, de su acaudalado padre, en fiestas y bares. Preocupado por el tinte rojo que en la sociedad se estaba desparramando pensó que alguien de su posición, junto a otros jóvenes de bien, como lo era él, debía comenzar a esparcir un poco de celeste y blanco para aleccionar a esos zurdos y a los otros más peligrosos, los anarquistas.

En esos años Buenos Aires todavía era un pañuelo por lo que, Alejandro, no debió buscar mucho. En la puerta del café Tortoni encontró a López Matena. Era martes y la noche fría había hecho acobardar a los transeúntes. No se tuvo que preocupar por los testigos. Se le puso en frente y apuntándole con el revólver le dijo:—Esta va por Francisco. —López Matena no comprendió, pero sus ojos lo delataron. Para ellos los obreros no eran nada. La bala entró por la frente y el cuerpo del joven se desplomó en el suelo instantáneamente. La sangre comenzó a correr por la vereda. Alejandro guardó el arma y comenzó su carrera antes de que aparecieran los primeros testigos llamados por el grito delator del arma.

Tras recordar la noche del martes volvió a depositar el casquillo en la mesa. Inmediatamente tomó un segundo casquillo. Se lo llevó a la nariz y oleó el penetrante aroma de la pólvora quemada. Recordó cuando al día siguiente, luego de matar al asesino de Francisco, esperó agazapado en la esquina de la fábrica al patrón. Saturnino Real Cortajerena era hijo de españoles que decidieron probar suerte en Argentina. Terminaron teniendo una fábrica de zapatos que tenía como público a los miembros más ilustres de la aristocracia agropecuaria argentina. Explotador por excelencia era uno de los tantos que financiaban a ese grupo de ultraderecha que apaleaban obreros. Si hubiera escuchado el reclamo justo de los obreros en vez de pensar en sus bolsillos bien llenos nada hubiera sucedido. La fábrica se encontraba en el barrio de Barracas, cerca del río. En la esquina, por la que su ex-patrón siempre doblaba para ir a almorzar a su casa, había un descampado. Allí lo esperó, sentado en una piedra, con el revólver en la mano. Al pasar Saturnino Real Cortajerena, Alejandro, llamó su atención:—Don Saturnino. Cuando este se volvió hacia el extraño que lo había llamado escuchó un estruendo y sus ropas comenzaron a teñirse de rojo. La bala lo había alcanzado directo en el corazón. Alejandro pensó que al menos no era de piedra y se regocijó al ver que de él salía sangre. Desapareció mientras escuchaba gritos a sus espaldas de testigos que habían visto a un hombre disparar al dueño de la fábrica de zapatos.

Tras depositar el casquillo al lado del primero tomó dos, uno con cada mano, y los miró fijamente. El mismo miércoles, tras matar a su ex patrón decidió ir tras el asesino de su familia. Su vecino, un obrero del partido socialista que trabajaba en una curtiembre en el barrio Valentín Alsina, le había dicho que era un policía que vivía a unas cuadras de su casa. El frío laceraba sus manos desnudas y su cara. El saco raído y el sombrero eran poco abrigo para la noche fría como la muerte. La calle no tenía buena iluminación. Decidió acercarse a la casa y llamar a la puerta. Una preciosa pequeña de unos diez años abrió la puerta y, tras saludarlo y preguntarle qué deseaba, llamó a gritos a su padre. En unos segundos apareció el cabo Reinaldo Clemens con su uniforme impecable. Alejandro no dudó y mientras apuntaba disparó una vez, la bala dio en el hombro del policía. Mientras tiraba del percutor hacia atrás dijo:— Por la familia D’Angelo —y disparó una segunda vez impactando en el pecho del cabo que cayó hacia atrás jadeando. Mientras emprendía la huída no pudo dejar de escuchar el llanto de la pequeña niña y el de su madre. Las lágrimas rodaban por la cara del joven obrero convertido en el mensajero de la muerte. Dejó los casquillos al lado de los otros dos.

Tomó el último casquillo y lo apretó en su puño mientras se limpiaba la nariz con la manga de su saco. Recordó que la noche del jueves había ido a buscar a Mario Contardi, el traidor al que había llamado amigo y que había invitado a cenar a su casa tantas veces. El “tío Mario” como lo llamaba su hijo. No pudo contener el sollozo. Lo había llevado al lugar en donde la revuelta tuvo lugar. Lo arrodilló sobre donde había muerto Francisco Santillán. La mancha de sangre seca aún seguía en el pavimento. Mario le explicaba los dimes y diretes, decía haber sido amenazado, habrían matado a su esposa y a sus dos hijos. Alejandro lo escuchó en silencio—. Panchito era inocente,— se limitó a decir una vez que se cansó de escuchar los pretextos de su antiguo amigo y actual traidor. “Panchito” era como, Alejandro, le decía cariñosamente a su hijo Francisco. Mario suplicaba por sus hijos y buscaba encontrar el camino de su salvación a través de la manipulación psicológica. Alejandro lo golpeó con la cacha del arma y le dijo <>. El destello del arma en una noche poco iluminada fue todo el calor que hubo, la bala entró por el ojo izquierdo y salió por detrás de la oreja derecha. El cuerpo de Mario cayó con extrañas convulsiones que se asemejaban a alguna danza de las tribus africanas que buscaban ahuyentar a los malos espíritus.

La sexta bala estaba ya en su mano derecha. Cada una de ellas representaba a cada uno de sus seres más queridos. Francisco, su esposa Marta, su hijo Panchito, sus compañeros de lucha, Mario, su amigo y traidor, y por último él mismo. Sí, lo tenía decidido, era hora de convertirse en el anatema, la última ofrenda que haría. La traición, ese sucio caballo de Troya que lentamente había traspasado los muros frente a los ojos de todos para que luego, una vez que la noche cayera, comenzara su danza de la muerte. Las lágrimas le habían nublado la visión. Ya era la hora de volver a verlos. Pasó la bala a su mano izquierda. Fuera, el viento soplaba con fuerza, las ramas de los arboles se agitaban en un baile tenebroso, las nubes ya habían cubierto el cielo y las primeras gotas comenzaban a caer. Tomó el revólver con su mano derecha, destrabó el tambor y colocó la bala en uno de los compartimentos. Del bolsillo interior del saco extrajo un camafeo en donde guardaba las fotos de sus padres, les dio un beso, pidió disculpas, entre sollozos recordó cuánto amaba a su esposa y a su hijo. Colocó el cañón del arma en su boca, jaló el percutor hacia atrás. La lámpara había consumido todo el combustible y la habitación quedó a obscuras. Un estruendo rompió el silencio, su mundo, como cuando un terremoto irrumpe en la tranquilidad de una noche, tembló por última vez. Un destello breve fue la última luz que le daría calor, como aquel beso de despedida. La lluvia comenzaba a arreciar.

(*Cuento registrado en DNDA)