El último desayuno (2015)

¿Era ya de mañana? No era fácil determinarlo. El cielo, como un mar picado, se extendía de color gris plomo desde hacía días. Una vez más la alarma del reloj despertador lo había despertado, mas nunca me llamó para que le hiciera el desayuno. Ya hacía muchos días del altercado y su enojo no se iba. Sin embargo, ya sea por su enojo o para descargarse, la casa no dejaba de verse impecable. Siempre ordenada, limpia y con un hermoso aroma a flores frescas.

Me acerqué hacia la cocina donde solía desayunar. No ingresé a ella sino que me senté en el desayunador estilo americano que teníamos y me quedé en silencio. La angustia no me abandonaba y él no me prestaba atención. Éramos dos extraños íntimamente conocidos, una pareja de individuos que habían perdido todo diálogo. Día a día nos fuimos convirtiendo en una banda sonora sin melodía de un drama con cierto sesgo nostálgico ¿Cuánto más me seguirá castigando con su silencio?

Allí está él. El dulce aroma del café recién preparado y de la leche recién hervida. El ritual había comenzado. Echó café. Echó la leche, en la taza donde había vertido el café. Echó azúcar. Esas dos cucharadas al ras que siempre agregaba en el café con leche. Como un mago preparando una pócima revolvió con la cucharilla metódicamente, tres veces en sentido de las agujas del reloj y dos veces en sentido contrario. Golpeó la cucharilla en el borde de la taza y la colocó sobre el plato donde había posado la taza.

Ya parece una eternidad el tiempo que llevamos así. A su derecha, sobre la mesa, su cuaderno de notas ¿Siempre escribía durante el desayuno? La verdad no lo recuerdo. El no es tan engañoso como el sí. Pareciera que las nubes no solo cubren el cielo. Mi mente, como la Londres de Doyle, vive cubierta por una densa niebla. Fuera ha comenzado a llover, no sé en qué momento, solo sé que al escucharla por primera vez yo estaba haciendo fuerza para retener el llanto, como si fuera mi último tesoro. Sin embargo la primera de las lágrimas comenzó su carrera hacia el precipicio. Un escalofrío me sacudió al pensar eso.

Lo observé una vez más. Apuró los restos del café con leche y depositó la taza con sumo cuidado sobre el plato. Había encendido un cigarrillo. Continuaba con sus anotaciones. Con cada inhalación que realizaba alzaba la cabeza para despedir un anillo de humo, como una locomotora saliendo de la estación pero sin dar aviso a los pasajeros, en silencio. Sin hablarme. Sin mirarme. Llevó el cigarrillo hacia el cenicero y dejó caer las cenizas. Un nuevo estremecimiento sacudió mi cuerpo ¿Era acaso que sentía frío? ¿O es que su fría indiferencia había helado mi cuerpo?

Me incorporé tratando de ir a su encuentro cuando vi que se disponía a salir. Se puso en pie. Del perchero que había en la pared, justo en el pasillo que conectaba la cocina y el comedor con la puerta de salida, tomó su sombrero. No buscaba que me mirara, su mirada siempre estaba lejos para mí. Tampoco buscaba un beso, pues esos labios se habían exiliado de mi cuerpo como Edipo lo hiciera de Tebas. No me ilusionaba unas palabras de despedida, ni un <<Te amo>>, las palabras habían sido prohibidas por el despotismo del silencio. Tomó, del mismo perchero, el impermeable y se lo puso. Mientras se acomodaba el cuello de su saco, pasé por detrás de él y le acaricié la espalda. No esperaba ninguna reacción, mucho menos su estremecimiento, como si una correntada de viento helado se hubiese colado por la ventana. Todo sucedió muy rápido, al darme la vuelta ya se había marchado. Bajo la lluvia que, al igual que mi llanto, comenzaba a no mostrar clemencia. Ya no se contenía. En silencio. Como un monje que prestara votos de no volver a emitir una sola palabra, se marchó. Sus ojos, como un faro que ya no emite luz para aquellos navíos perdidos en el mar, mirando hacia la nada no los posó sobre mí. Como si fuera ese objeto prohibido que no nos permitían mirar cuando éramos niños.

Sentándome en la silla en la que él había desayunado me quedé aguardando, al menos, que su calor permaneciera aún. Para poder sentirlo una vez más, como cuando nos dan ese primer beso en la mejilla y nos la tocamos buscando revivir el pasado. Ilusionadas. Nuestros ojos ya no se buscaban, nuestras bocas ya no hablaban. La tiranía de las palabras nos obligaba al silencio. Al frío y eterno silencio. Pero el papel, eso es otra cosa. Allí las palabras se adhieren como un recuerdo a la memoria. Allí leí lo que escribió, mis ojos no querían creerlo, no podían hacerlo, no debían; no deseaban creer en cada línea allí escrita como aquel enamorado no quiere creer que el amor de la otra persona simplemente murió. Como un hechicero encerrado en su torre había encontrado el hechizo que pondría fin a ese incomodo sortilegio. No sé qué le sucedía a mi mente, al comienzo las letras no eran más que un galimatías de una fórmula escrita en una lengua arcana ¿O era mi resistencia a creer lo que allí decía? No pude hacer más que llevar mis manos a la cara. Como Edipo, quería arrancarme los ojos por ser tan indigna de esos garabatos hechos sobre la hoja. Fue entonces cuando mis ojos, como representación del cielo que traía la tormenta, estallaron en un mar de lágrimas, los truenos el ahogado llanto del presente que, salido de su crisálida, ya se había convertido en pasado y revoloteaba por la historia como una mariposa en primavera. Lágrimas que ya nada mojarían. De mis ojos, al igual que del cigarrillo consumido, no caerían más que cenizas.

Ya nada sería lo que había sido, pues ya nada era. El olvido del pasado se me fue acercando. Como un barco a la deriva, sentía el viento en mis velas pero había perdido mi destino. Sin brújula y sin estrellas que me guíen, debía emprender un viaje. Debía partir hacia esa tierra de recuerdos. A diferencia de Wendy no me guiaría un Peter Pan o una Campanita, solo el viento del recuerdo de lo que alguna vez fue pero ya no será más. El impulso con que ese adiós nunca dicho había tensado la honda hará que me despida como un proyectil disparado hacia algún lado, donde nunca más buscará nada; hacia el olvido de la memoria de los que quedan y deciden seguir andando, dejando atrás alegrías y penas pasadas. Ya no recuerdo cuando se marchó ni cuando lo hice yo. Solo sé que ya me siento libre para partir.

*Adaptación del poema de Jacques Prevert, Desayuno.

(*Cuento registrado en DNDA)