El último día (2016)

Bueno, ― dijo con voz segura, ― aquí estoy. Ya estoy lista para ver a mi Mario. Ya pasaron muchos años desde la última caricia que nos dimos ¿Vamos? ― Doblé mi brazo, ella entendió la seña y pasó por debajo el suyo. Me acomodé la galera y comenzamos el último paseo para encontrarnos con su marido.

Recuerdo ese encuentro, ese último paseo. Ella muy coqueta y yo como siempre, buscando la forma de que sea más llevadero todo. Hago memoria y me acuerdo cuando la conocí. Ella, Inés, contaba con nueve años entonces. Su padre, enfermo producto de ser una chimenea ambulante, murió de cáncer. Yo estuve ese día acompañando a todos los presentes, un día caluroso de enero. Ella se encontraba sentada en una silla del comedor, llorando. Yo pasé por detrás suyo y se estremeció con una sensación de escalofrío. Cuando giró su cabeza yo ya había pasado para la habitación donde su padre exhalaba su último aliento.

Diez años después nos volvimos a encontrar cuando fue lo de su madre, como ese tío aventurero que vive viajando y sin saber el por qué vuelve en los momentos claves. Esta vez decidí aguardar fuera de la habitación del hospital. No quise interrumpir un momento tan íntimo entre madre e hija. A la distancia decidí, como lo hago siempre, quedarme y verla crecer. Es mi pasatiempo, en mi soledad no me queda mucho más por hacer.

Los años pasan, el hombre evoluciona, o eso cree, busca métodos para la inmortalidad, crea monumentos que duran miles de año pero todo sigue su curso sin importar lo que se busque. La transformación no cambia, el día sigue su curso para transformarse en noche desde los inicios del tiempo. Ah, sí, tiempo. Eso que se buscó domesticar, se encerró en cristales y se le dio la forma de arena, luego de agujas. Como un falso dios que el hombre decidió crear a su imagen y semejanza, el tiempo, de la misma forma que el hombre hizo con su dios, lo terminó atrapando, atando hilos a sus brazos y manejándolo con las agujas.

No importa si son las nornas1 las que hilan el hado del mundo, si es el plan divino de un dios. Lo que importa es que todo tiene un propósito. Todo crece y se consume, las estrellas, la vida, incluso la muerte. Todo cambia, todo nace y muere y vuelve a nacer. El alimento se pudre, el oxigeno muere como tal al ser respirado. Sin embargo todo permanece, de otra forma pero todo permanece. Ni la mierda es lo opuesto a la comida, ni la muerte es lo opuesto a la vida. Todo cambia, se transforma con un fin.

Así, con estas meditaciones eternas, paso mi tiempo. Visitando diferentes lugares, conociendo gente, entendiendo dolores y comprendiendo la alegría, que curiosamente se manifiestan de la misma forma. Vagando por todos lados, en soledad, fue que conocí a Mario. Un buen hombre. Fue una pena muy grande que dejara a Inés, tan joven. Él, un empleado estatal, que vivía una vida regular, la conoció a Inés en la facultad de filosofía y letras. Él cursaba la licenciatura en historia, ella la de Letras. Él contaba con un poco más de veinte, ella con dieciocho. Se pusieron de novio, se casaron, no tuvieron hijos y él muere a los 65 años. Un paro cardíaco mientras dormía, justo me encontraba en la puerta de la casa en la que vivían cuando sucedió.

Pobre Inés, cada vez que la visito es cuando debe despedir a alguien que ama. Cuarenta años de matrimonio, de trabajo constante, vacaciones sencillas a la costa pero un amor inquebrantable, pocas veces visto. Ella siempre elegante, firme, ni en su soledad se tambaleó. Siguió su vida. Se jubiló, vendió la casa en la que había vivido muchos años con Mario y se compró un departamento en un edificio de cuatro pisos en la capital.

Hace unos meses la volví a encontrar. Fue en el consultorio de su médico. No eran buenas las noticias que este le informó por lo que, esta vez, como aquella primera vez que la vi, con nueve años y frágil, decidí estar con ella en la consulta. Cuando el médico le comentó que su enfermedad era irreversible, ella tan solo preguntó cuánto más le quedaba. No se amedrentó, todo lo contrario. Se mostró resuelta a seguir hasta su último día. Recuerdo que acaricié su cabeza antes de salir de la habitación y ella se estremeció, como la primera vez setenta años atrás. Yo ya había salido cuando giró su cabeza.

Finalmente le había llegado el día en el que finalmente hablemos. Nuestra relación, como con todos, fue de silencios, estremecimiento y llantos. Pero esta vez podría consolarla. Ya no la vería llorar, esta vez no le rompería el corazón. Caminé por la calle empedrada. Con mi mente tomaba nota de la dirección que en unos días debería visitar. Al llegar a la esquina giré a mi derecha y caminé hasta la puerta del edificio en el que vivía Inés. Iba a entrar para dirigirme a su departamento cuando la vi.

Allí estaba ella, también lo estaba yo, esperándola en la puerta del edificio. Ni el último día quiso dejar de hacer todo aquello que en su vida siempre hizo. Tomó su desayuno y salió a realizar las compras. Saludó a María antes de cruzar la avenida y luego charló con Rosa en la puerta de la panadería. Aunque sabía que no lo hacía a propósito no dejó de causarme gracia. Casi ochenta años de enérgica vida. Nunca bajó los brazos, ni siquiera cuando quedó viuda. Había salido de la panadería y ya estaba en la fiambrería.

Una señora salió pálida, con la mano en la boca. Otra entró corriendo. Un gran tumulto se había empezado a formar en la puerta y, adentro de la fiambrería, se armó un gran revuelto. De pronto apareció ella. Sin molestar a nadie salió, con esa elegancia que siempre tuvo. Se acomodó el peinado. Coqueta hasta para venir hacia mí.

1 Las nornas, del nórdico antiguo: norn, plural: nornir, son dísir (plural de “dís“, un espíritu femenino) de la antigua religión nórdica. Tres de ellas son las principales, conocidas por los nombres de Urðr (o Urd, “lo que ha ocurrido”, el pasado), Verðandi (o Verdandi, “lo que ocurre ahora”, el presente) y Skuld (“lo que debería suceder, o es necesario que ocurra”, el futuro). A Skuld también se la podía ver cumpliendo el rol de valquiria. Según las Eddas existen también muchas otras nornir menores asociadas a individuos en particular.

(*Cuento registrado en DNDA)