El Viajante (2013)

La lluvia caía copiosamente. En la casa, que se situaba cerca del camino principal, todas las luces se encontraban encendidas, risas y música se desprendían de ella como las gotas de lluvia lo hacían de las nubes. Todo era festejo a pesar de los truenos cuando unos fuertes golpes se escucharon en la puerta. Una, dos, tres veces se escucharon hasta que alguien, con una copa en mano, se aproximó a ella para abrir con una amplia sonrisa. Más propia del efecto generado por el alcohol que por la hospitalidad.

¿Quién llama con esta lluvia?— Dijo con voz estridente sin soltar la copa. En la puerta se encontraba un viajero. De su gorro, como una catarata, no dejaba de correr agua, su poncho era un amasijo de tela empapada hasta el último hilo. El anfitrión, sin dilatar más la espera del visitante agregó, tratando de que el alcohol no le mezclara las palabras – ¡Hombre! Entre, entre, no se quede parado allí bajo esta tormenta. — El visitante sin decir nada pisó con fuerza en el umbral para quitarse el barro de sus botas e ingresó.

Muchas gracias por su amabilidad, — dijo mientras se quitaba el sombrero. — Caminé durante más de una hora bajo esta tormenta sin encontrar refugio en el cual poder escaparle a la lluvia, hasta que vi la luz saliendo de sus ventanas. — Agregó.

Pues venga, hombre. — Dijo quien había abierto la puerta, –entre para que pueda secarse y comer algo caliente, — agregó. Mientras cerraba la puerta dejando a la lluvia fuera, como si un recuerdo del pasado se escondiera en lo más profundo. Tendiendo la mano hacia el visitante se presentó, —Mi nombre es Elías, dueño de este humilde hogar. —

Tobías es el mío, — dijo el visitante, respondiendo al saludo, y agregó, — si no es mucha molestia, ¿le puedo preguntar en donde puedo cambiar mis vestimentas por otras secas?—

¡Martina!— Gritó el señor de la casa mientras le hacía un gesto al visitante, indicando que le aguardara. En menos de un minuto se presentó una hermosa joven de pelo obscuro como la noche, su piel blanca como la luna parecía relucir mientras su sonrisa ablandaba el hierro más duro, su vestido parecía propio de un libro de historia. — Hija, te presento a Tobías. Necesita cambiarse las ropas, indícale donde puede hacerlo. Luego sírvele comida caliente. —

La joven le dedicó una sonrisa sincera al visitante el cual respondió el saludo tendiendo su mano que fue recibida con una reverencia. Tras el saludo, la joven le indicó a Tobías que la siguiera por una escalera. Mientras pasaban por una puerta que accedía al salón principal del caserón, Tobías vio que todo era fiesta, música, bailes y risas; todo parecía fuera de lugar viendo que en el exterior el mundo parecía sumirse en las lagrimas del cielo. Ya en la planta superior la joven hija del dueño de la casa le indicó una habitación donde podía cambiar sus ropas.

Traspasar esa puerta fue, para Tobías, como si se hubiese abierto un portal hacia otro tiempo, hacia otra época. La cama, de estilo victoriana se encontraba en el medio de la habitación, con la cabecera apoyada sobre la pared que se encontraba al otro lado de la puerta; hacia la izquierda de esta, se encontraba un mueble labrado en roble muy antiguo que al parecer era un ropero. Hacia la derecha de la cama un ventanal muy grande dejaba ver los relámpagos que la tormenta traía esa noche. El piso de madera resonaba con cada paso que el joven daba. En las paredes, empapeladas con un tapiz muy antiguo, colgaban muchas fotos viejas mostrando una numerosa familia donde el jefe de la misma, un hombre adusto y un porte serio se posaba, sobre una silla de respaldo alto, en el centro y a ambos costados el resto de la familia. Había algo familiar en ese retrato, quizás la similitud con antiguas fotos y daguerrotipos que su abuela poseía. Sin perder más tiempo, pues la joven le había indicado que lo esperaría, se dispuso a fijarse en el bolso que llevaba cruzado a su espalda cuáles eran las vestimentas que se encontraban secas y medianamente presentables. Una vez que hallara una camisa blanca, aunque arrugada, limpia y un pantalón seco se quitó las ropas que llevaba puestas y las envolvió en el poncho. Cerró el bolso y colgándolo de su hombro derecho mientras sostenía como podía el poncho mojado, salió de la habitación.

Qué rapidez, — atinó a decir la joven, con esa sonrisa de dientes perfectos que a Tobías le generaba una sensación compleja de explicar, pero que se traducía en su cara que se ruborizaba. — Venga, deme eso que lo dejaré colgado en el lavadero, — agregó mientras le indicaba el camino. Cruzaron el largo pasillo del piso superior y descendieron por otra escalera que daba a un pequeño pasillo, no muy bien iluminado, en el que se encontraban dos puertas. Una de estas se encontraba entreabierta e iluminada, y daba a lo que parecía una cocina, donde dos mujeres de aspecto mulato hablaban en lo que parecía francés. Pero la joven se dirigió hacia la que se encontraba cerrada, allí dejó tendidas las prendas y el bolso de Tobías. —Muy bien, ahora venga conmigo para que pueda comer algo caliente y ponerse cómodo. — El joven, con una sonrisa tímida, agradeció y la siguió, pues la verdad se encontraba hambriento y muerto de frío luego de la caminata bajo la lluvia.

Tras cruzar la cocina rápidamente se adentraron en un comedor, que como la habitación en donde se mudara de ropas, era de un aspecto antiguo. Del siglo XIX, pensó Tobías, o más atrás aún. Las paredes pintadas de blanco estaban colmadas de las mismas fotos antiguas y el mobiliario parecía extremadamente costoso por su estilo victoriano. Una mesa larga se disponía en el centro y a sus costados había numerosas sillas de altos respaldos. Todos los muebles parecían de roble y se encontraban labrados con ornamentos florales a excepción del mueble que se encontraba en la pared contraria a la puerta por la que habían ingresado, y que poseía talladas en sus esquinas cabezas de querubines. Absorto en la magia de esa habitación el visitante no se había percatado que la joven le había hablado.

Disculpe. ¿Se encuentra bien?— Preguntó la joven, mientras inclinaba su rostro sobre el de Tobías.

Sí, perdone usted, — se disculpó el joven acompañado de un carraspeo.

¿Seguro?— Insistió ella.

Sí, sí, — dijo con más énfasis, —estaba admirando la habitación. Realmente mágica, — agregó con una sonrisa en su rostro, que fue correspondida.

Tome asiento, por favor, — le indicó. —Iré a buscar su cena, — agregó mientras su mano rozaba la mano de Tobías, con disimulada intención, y que hizo que el joven sintiera calosfríos recorrer su espalda.

No habían pasado ni cinco minutos desde que tomara asiento en la mesa el joven cuando una señora con vestido negro y delantal blanco ingresara con una mesa, que poseía ruedas para facilitar el transporte de la comida. — Buenas noches, monsieur, — dijo, claramente con un acento francés, y sin esperar respuesta de Tobías agregó inmediatamente, mientras colocaba un plato de sopa en la mesa, – madmoiselle Martina le manda decir a comer. Ella regresa en unos minutos. —

Merci. — se limitó a decir Tobías, recordando sus clases de francés, mientras tomaba la cuchara que le había dejado la mujer la cual desapareció sin decir nada cuando quiso solicitar una servilleta. El frío que sentía le hizo imposible esperar al regreso de la joven y comenzó a engullir la sopa sin dilación. Cuando hubo terminado sintió que la puerta detrás de él se abría y entraba ella con su hermoso vestido blanco.

Bueno, veo que tenía hambre, — dijo con una pequeña sonrisa, lo que hizo que Tobías se sonrojara. — Es solo una broma, disculpe. Con el frío que le dio la lluvia no hubiese esperado menos, — agregó.

Sí, como usted dice. La lluvia caló hasta mis huesos. —

Bien, entonces, no esperemos más. — Haciendo sonar una campanilla la mujer que le sirviera la sopa volvió a ingresar y, tras retirar el plato, colocó uno nuevo servido de manera suculenta con un tipo de estofado.

Espero le guste el conejo, señor Tobías, — indicó Martina.

Sí, así es. Muchas gracias por su hospitalidad, señorita. —

No es nada, siempre le hemos dado cobijo a quien golpeara nuestra puerta pidiendo asilo, — dijo la joven mientras se sentaba en la silla contigua a la de Tobías. — ¿Hacia dónde se dirigía cuando la lluvia lo alcanzó?, — inquirió y al sentir lo directa que fue la pregunta atinó a agregar con su compradora sonrisa, — si me es posible saberlo, claro está. —

Le está permitido saber, — la tranquilizó Tobías con una sonrisa y tras engullir un trozo de conejo agregó, — me dirigía hacia el pueblo que se encuentra más adelante pero, como vio, la lluvia no me lo permitió. — Mientras Tobías cenaba la charla comenzó a fluir con una naturalidad casi imperceptible. El conejo dio lugar a una porción de un pastel de arándanos y una taza de café mientras la charla continuaba con risas y roces de manos indiscretos. — ¿Le puedo preguntar algo, señorita?—

Sólo si me llama Martina, — dijo la joven con una sonrisa un tanto pícara en sus labios.

Pues, entonces, ¿le puedo consultar algo, Martina?—

Sí. —

¿Qué están celebrando?—

Una victoria que se esperaba hacía mucho. — Tobías la quedó mirando un tanto desconcertado. Ella, por su parte, tras quitarse un mechón de cabello de su rostro, hizo sonar la campanilla. Inmediatamente la misma mujer que le había servido la cena, comenzó a retirar los platos. — Pero, bueno, eso es algo aburrido y solo le interesa a los hombres que se encuentran con mi padre. — Tobías le sonrió haciéndole saber que comprendió que no habría más información al respecto. —Ahora, ¿le puedo hacer una pregunta yo, Tobías?— El dulce tono utilizado le hizo bajar todas sus defensas y con un simple movimiento de su cabeza le hizo saber que preguntara lo que deseara. — ¿Pasará aquí la noche, verdad?—

Pues sólo si su padre me permite quedar hasta que la lluvia cese, — dijo con una sonrisa la cual fue correspondida por Martina, que se sonrojó por primera vez en la noche.

Sí, lo hará. Ahora venga conmigo, por favor, — dijo la joven mientras le tomaba la mano. Él, rendido por la suave piel de la joven, se dejó llevar por una seguidilla de pasillos y puertas hasta encontrarse fuera de la casa. La lluvia, como si de un sueño se tratara, había cesado. En la obscuridad caminaron por un sendero de grava hasta llegar a un sauce que se encontraba cerca de una pequeña laguna. La lluvia había dado paso a una fresca brisa que soplaba ya sin la inclemencia de la tormenta que arremetiera contra Tobías y había dado lugar al croar de los sapos.

Una vez bajo el sauce, la joven se sentó en la hierba húmeda y halando de la mano del joven le indicó que se sentara. La charla continuó hasta que el cielo comenzó a desnudarse de sus nubes y las estrellas comenzaron a aparecer como lámparas encendidas en la lejanía del universo. Los roces indiscretos de las manos dieron lugar a que se entrelazaran fusionándose. Los comentarios indiscretos dieron lugar a las palabras más dulces y tiernas que jamás oiría el joven. Las sonrisas picarescas presentaron la antesala para los besos más apasionados. La danza que las luciérnagas comenzaron a ejecutar tras la lluvia se acompasó con la danza que los cuerpos comenzaron a realizar. La fresca brisa que soplaba en la orilla de la laguna se mezcló con los jadeos nocturnos de los dos amantes. El canto del búho hizo de coro a la exclamación que el éxtasis del momento liberó.

La noche comenzaba a morir, como las caricias ya lo habían hecho hacía rato. El canto de los pájaros al comenzar a despuntar el sol comenzaba a tapar el gozo del amante nocturno y el fresco del rocío apagaba lentamente el calor de la noche. La soledad de la mañana comenzaba a esconder lentamente el amoroso acompañamiento de la noche anterior. Solo se encontraba Tobías al pie de un viejo sauce. Sobresaltado y estremecido del fresco matutino se incorporó volteando la cabeza de un lado a otro, adormilado aún, no podía acomodar sus ideas. Mientras su corazón comenzaba a latir con más fuerza, presa de un terror naciente, recordó los dulces besos y las tiernas caricias. Miró el sendero, por el que había caminado, invadido por la hierba, y sin ver hacia donde se dirigía comenzó a andar por el sendero de grava. Sin comprender, todavía adormilado, caminaba mirando el suelo hasta que el primer escalón de una escalera le hizo alzar la vista. Su respiración se detuvo al ver el viejo caserón colonial de dos plantas. Pareciera que el tiempo había avanzado haciendo estragos durante la noche. El polvo y los goznes oxidados comenzaban a traer a la realidad al joven. Cada paso que daba hacia la puerta generaba una punzada más fuerte y profunda de terror.

Sin saber cómo llegó allí, se encontró frente a su poncho, su bolso y las ropas que había llevado la noche anterior bajo la lluvia. Preso del terror salió corriendo de aquella habitación y comenzó a recorrer la vivienda. Los pocos muebles que se encontraban habían sido tapados por el polvo. Dirigiéndose hacia la escalera subió corriendo por ella y se encontró en el pasillo por el que la noche anterior había caminado hacia la habitación donde se había mudado de ropas. Al cerrar su mano sobre el picaporte un estremecimiento recorrió su cuerpo al sentir la misma suavidad que sintiera la noche anterior con sus caricias. El piso crujió bajo sus pies y la puerta chirrió al ser abierta, como si víctima de un sacrificio se tratara. Allí se encontraban los restos de la cama victoriana y el antiguo ropero con aspecto de que el tiempo lo hubiera devorado. En las paredes seguían colgadas las fotos que viera la noche anterior. Al dirigirse a aquella, en la que toda la familia posaba frente a la cámara, sus ojos no pudieron evitar llenarse de lagrimas, no por la tristeza del recuerdo, sino por el horror real que sintió al ver la cara del hombre que le abriera la puerta bajo la lluvia y le invitara a pasar, y la angustia aprisionó su corazón al ver el rostro de quien le ofreciera tan cálido amor en una noche tan fría.

Sin entender cómo había salido de la casa, Tobías continuó corriendo tratando de alejarse lo más posible del recuerdo de aquella noche. Queriendo escapar de esas escalofriantes caricias y besos con sabor agrio, como si besara cenizas. No volvió la cabeza, no paró de correr, su corazón no pudo liberarse jamás de esa angustia como sus ojos de esa belleza.

(*Cuento registrado en DNDA)