La llamada esperada (2015)

El verano, ese año, se había presentado verdaderamente caluroso. Tras la cena, María, se había dirigido hacia la cocina para lavar los trastos. Dado que el calor, a pesar de ser las diez de la noche, no había tenido clemencia, no había ensuciado muchas cosas. Solo algunos utensilios para preparar la ensalada y el vaso del que había bebido un poco de agua fresca.

María vivía en una casa al borde de la ruta. Su pelo gris siempre bien peinado le daba un aspecto de dignidad a pesar de los achaques del tiempo. Su rostro, si bien no contaba más de cincuenta años, estaba surcado por algunas arrugas. Esas cicatrices que dejan las batallas que libramos con el tiempo. Era maestra en la escuela rural que se encontraba a dos kilómetros de allí, cerca del cementerio, frente a la iglesia del pueblo. Durante el periodo de clases, todas las mañanas, salía de la casa, alcanzaba la ruta y girando hacia su izquierda, comenzaba la apacible caminata. Una vez en la puerta de la escuela, miraba hacia el cementerio en donde descansaban viejos recuerdos y entrando en la escuela se dirigía hacia el salón.

Muchos años habían pasado desde que María y su esposo decidieran alejarse de la ciudad, de su contaminación y de la invisibilidad de la urbe. Ella hacía poco que había terminado el magisterio. Sin embargo, él había partido hacía mucho, cuando María había cumplido los 31 años. Un accidente según el informe de la policía. En ese entonces, Camila, contaba con ocho años. María supo ser fuerte pero diez años después, cuando Camila decidiera partir, la alegría y la fuerza la habían abandonado.

Una vez que María terminó de lavar los trastos, se lavó los dientes, tomó un libro de la biblioteca, que se encontraba en la sala de estar y se dirigió a su dormitorio. La casa era un cuadrado perfecto, de una sola planta. Al ingresar a la casa se encontraba la sala de estar y una puerta a la izquierda conectaba con la cocina, amplia, que hacía de cocina-comedor. Enfrentado a la puerta de entrada un pasillo cruzaba la edificación con una puerta a la izquierda, el baño y dos a la derecha, una que comunicaba al antiguo dormitorio de Camila y la otra puerta, que comunicaba a su dormitorio. La puerta al final del pasillo salía a la parte trasera del terreno, donde la maestra pasaba sus ratos libres cuidando sus plantas.

Una vez en el dormitorio, María abrió la ventana para dejar entrar la suave brisa, prendió la lámpara de su mesa de noche y se acostó en la cama vestida con el camisón que llevaba desde la cena. Se puso los anteojos y miró la tapa del libro. Se trataba de una antología de cuentos de terror. Siempre le había gustado ese género. Esta compilación de cuentos iniciaba con La hija de Rapaccini, un excelente cuento de Nathaniel Hawthorne, uno de los escritores preferidos de María. A pesar de su admiración por el escritor americano, la solitaria mujer, ni bien conocía a Giovanni Guasconti, había cerrado sus ojos.

Ella se había dormido hacía un momento nada más. No había logrado pasar la primera página del libro cuando sus parpados, como la persiana de una fábrica clausurada, cayeron sin resistencia alguna. La noche, que hasta ese momento se había presentado calma y calurosa, había comenzado a agitarse con un fuerte viento que empujaba, con su prepotencia, nubes grises, que en el cielo nocturno suelen tomar ese color rosado. Los árboles se agitaban fuera, en un contoneo esotérico, como exóticos compañeros de baile. El olor a tierra mojada había comenzado a entrar por la ventana, como ese extraño que se escabulle por la noche con intenciones poco honestas. Las hojas emprendían vuelo, como furiosos pájaros, empujadas por la misma prepotencia con la que eran empujadas las nubes.

Un fuerte ruido despertó a María. La ventana se había cerrado por el viento estrangulando las cortinas, como un asesino lo hiciera con su víctima en una obscura calle de la ciudad. En ese momento, todavía somnolienta, intentaba lograr que su cuerpo reaccionara cuando oyó el teléfono sonar en la sala de estar. Con la cabeza todavía atontada, miró hacia la ventana. Se quedó observando la grotesca escena de la ventana estrangulando la cortina, se puso las chancletas1 y se dirigió hacia la sala de estar. La obscuridad era total por lo que su andar fue despacio y apoyando la mano en la pared para evitar tropezarse. Le resultó extraña la insistencia con la que sonaba el teléfono. Aunque la obscuridad no le dejaba ver la hora, era obvio que era entrada la noche.

Llegó a la sala de estar y encendió la luz. La brillantez de esta la obligó a cerrar los ojos y proferir un pobre insulto al aire. El ring del teléfono ya se había vuelto irritante. El aparato se encontraba en una pequeña mesa al lado de la ventana que daba hacia el frente de la casa. Cruzó la sala evitando tropezar con el sillón y la mesa ratona. Una vez que alcanzó su objetivo descolgó el teléfono con furia — ¡Hola! ¡Quien llama a estas horas!, — del otro lado una fuerte interferencia no permitía distinguir si habían contestado del otro lado por lo que volvió a preguntar — ¡Quien llama a estas horas! De ser una broma no es nada graciosa. — La interferencia continuaba generando un sonido similar al que hace la papa2 al colocarla en el aceite caliente. María estaba a punto de cortar cuando escuchó una voz lejana. No pudo comprender lo que decía debido a la interferencia. Maldijo a la tormenta. Respiró hondo y con más calma insistió — ¿Hola?, ¿me escucha? Si puede hablar más fuerte le agradecería, la interferencia es muy fuerte.
— Hola…— se oyó del otro lado. Una voz, que parecía estar muy lejos del otro lado del tubo había respondido.
— ¿Hola? Si usted me oye le pido que hable más fuerte y más despacio. La interferencia entrecorta el llamado. — De golpe, el tono de ocupado invadió la línea. Afuera el viento había tomado más fuerza y un trueno la hizo estremecerse. Un tanto irritada, María, se dirigió hacia la cocina para servirse un vaso de agua fresca.

Al salir de la cocina, miró hacia el lugar en donde se encontraba el teléfono y se dirigió hacia su dormitorio. Algo en el llamado la había dejado alterada. No sabía qué, pero así era. Al momento de apagar la luz un destello fuera de la casa fue seguido del sonido aterrador de un trueno que hizo vibrar los vidrios y la asustó. En ese momento el teléfono volvió a sonar. Tanteando la pared alcanzó la llave de la luz pero esta no se encendió. Seguramente, el rayo que hubo caído segundos antes lo había hecho sobre el cableado de la compañía eléctrica.

Con la casa a obscuras y el teléfono sonando insistentemente fue tanteando el espacio para evitar tropezar. Una vez que llegó al teléfono lo descolgó — ¿Hola? — del otro lado seguía la interferencia. Un nuevo relámpago destelló en el cielo y le pareció que alguien caminaba por la ruta. Seguro se trataría del vecino que trabajaba en el silo de don López. Esperó unos segundos más y repitió el << ¿hola?>> de antes. Su pecho se contrajo al oír que le respondían el saludo. La interferencia no cesaba, pero la voz del otro lado parecía estar hablando con más fuerza. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su respiración era acelerada. — ¿Camila? — Logró articular — Cami, ¿sos vos? — agregó entre sollozos. Del otro lado lograba comprender algunas palabras sueltas y la mayoría cortadas.

—…ni… acá… ma… te… ño. — Oía entrecortada la respuesta. Para María todo se suspendió en el tiempo. Parecía que el reloj no se movía, que la tormenta que arreciaba el pueblo se había congelado como si fuera una foto. Insistió tratando de entender lo que le decía la voz del otro lado. No podía comprender lo que le decía pero estaba convencida que era la voz de su hija.

— Camila, ¿en dónde estás, mi amor? No entiendo nada, ¿estás bien? — logro decir entre sollozos. La pena de su pecho se hacía más pesada y le oprimía el corazón. La respiración acelerada la ponía más nerviosa y sus ojos, eran una catarata. Del otro lado volvió a oírse la voz.

— Acá… oy. Te… ño. Vení… vor — Y como si fuera un capricho de la línea telefónica, la comunicación se cortó. No se oía nada. Ni tono de ocupado ni la interferencia. Nada. María no podía parar de sufrir esas convulsiones propias que nos trae la angustia. Lejos de normalizarse su respiración logró contener un poco mejor el llanto. A tientas llegó hasta la cocina y encendió la lámpara a querosene. Una vez que la luz alumbró la cocina, María logró serenarse. De pronto lo comprendió.

Se dirigió hacia su dormitorio. Abrió el armario y se cambió. Se puso la pollera gris y la camisa negra que mucho tiempo atrás, parecía que había sido en otra vida, había vestido. Saliendo de la habitación se dirigió al baño. Cerró la puerta. Comenzó por lavarse la cara, María, había iniciado el ritual que toda mujer realiza en el baño. Esta vez con toda la paciencia que podía tener, pues nadie la estaba apurando al otro lado de la puerta. Segundos se acumulaban en minutos que raudamente se convirtieron en horas. La paz había vuelto a reinar fuera de la casa. El cielo, hacía unos momentos tétrico, comenzaba a mostrar su redonda luna una vez más. La puerta del baño se abrió finalmente. La luz de la lámpara a querosene llegó tímidamente hasta el pasillo. María, arreglada como hacía muchos años no lo había hecho, salió del baño con paso firme y se dirigió hacia la sala. No se molestó en agarrar la lámpara, tampoco en apagarla. Abrió la puerta de la casa y salió al camino de gravilla que tenía en frente. Resuelta, con paso acompasado, se dirigió hacia la ruta. Antes de tomar el camino a su izquierda se volvió hacia la casa. A lo lejos se veía la tenue luz de la lámpara que alumbraba tímidamente el pasillo. Ella ya no la necesitaría. Haciendo un gesto con su mano, como si saludara a alguien dentro de la casa, giró sobre sus talones y emprendió el camino que desde la finalización de las clases no había tomado, pero esta vez iría a reencontrarse con viejos recuerdos ocultados por el polvo del olvido. Una última vez realizará ese viaje. Pero esta vez con una sonrisa en su pálido rostro.

(*Cuento registrado en DNDA)