La niñez desilusionada (2016)

Era el 20 de agosto. El sol ya había salido cuando, Fernando, abrió los ojos. Era sábado y era su decimo cumpleaños. Solo un deseo le colmaba el corazón y le hacía recibir con alegría este día. Sin embargo las desilusiones pasadas no son impedimentos para que el corazón joven anhele con más fuerza lo que desea.

No le importó el frío del piso cuando decidió levantarse. Con una sonrisa que le cruzaba la cara abrió la puerta de su habitación y decidió ir en silenció hacia la habitación de sus padres. Estaba decidido saltarles encima y recibir todos los besos que decidieran darle como regalo. Nada más le importaba. Ni siquiera las antiguas desilusiones. Una vez que llegó a la puerta decidió actuar como en las películas de policías. De forma sigilosa tomó el picaporte y tiró hacia abajo con el mayor cuidado posible que los diez años recién cumplidos pueden darte. Se sentía Bilbo tratando de ingresar a la guarida del terrible Smaug. Al mínimo ruido que hicieron los goznes al rechinar quedó paralizado. Su corazón había aumentado en su tamborileo. Por la ventana que se encontraba a la altura de la escalera se podía ver un cielo celeste sin ninguna nube intrusa. El pequeño tomó aire y decidió continuar con su misión. Poco a poco fue abriendo la puerta hasta que su cuerpo se escabulló dentro del dormitorio de sus padres.

Que duro pega la desilusión en la vida. Más cuando se tiene diez años. Paralizado como si en una noche de invierno el cielo decidiera descargar la tormenta cuando estás andando por el medio del asfalto, totalmente despreocupado. Su rostro se hundió en su pecho como un galeón español se hunde en el mar tras el ataque de los piratas de los cuentos que leía. De pronto, en la planta baja, escuchó un ruido. Como si estuvieran escondiéndose. Rápidamente, la desilusión de hacía un minuto atrás parecía olvidada como si nunca hubiese existido, esas ventajas de un corazón joven que cambia de ritmo sin importar el tiempo.

Fernando, sin dilaciones, giró en sus talones y, como si se tratara del mismísimo Hermes, salió corriendo hacia las escaleras. Una vez al inicio de estas decidió aguardar para corroborar que había escuchado el ruido y que no había sido un truco de su mente. No pasaron treinta segundos que allí estaba de nuevo. Era un ruido como de trastos siendo acomodados. Sin duda lo esperaban con la torta de cumpleaños. Teniendo cuidado de no caer y comenzar su descenso rodando, piso escalón por escalón tratando de bajar sigilosamente para poder sorprenderlos como no pudo hacerlo en la habitación.

El último escalón había sido dejado atrás y Fernando decidió salir corriendo hacia el comedor. Al no ver a nadie allí decidió entrar en la cocina gritando como un oso furioso. Clara, la señora que lo cuidaba por las mañanas saltó en el lugar al haber sido sorprendida mientras tenía la mente en cualquier otro lado. Su corazón se había acelerado y casi tira los platos que estaba acomodando. El niño, satisfecho por su fechoría, y esperando que aparecieran sus padres escondidos rió con regocijo. Clara, con una dulce sonrisa se dio vuelta para ver al pequeño bribón con una carcajada contenida. Inmediatamente, con la experiencia que solo tienen los adultos que cuidan niños, notó la ansiedad en la mirada de Fernando y su corazón se volvió pesado como un yunque. Sus ojos se nublaron de dolor al ver que poco a poco la expresión jocosa del niño se transformaba en la representación de la desilusión.

¿Y mis papás?

¡Ay! Mi pobre osito. Tuvieron que salir para la empresa, mi amor. — respondió clara con una dulzura en la voz casi maternal. La desazón de Fernando terminó de aplastar su corazón. Arrastrando los pies se dirigió hacia la mesa donde desayunaba y apoyó sus brazos en esta para, con estos, sostener su cabeza. Maldiciendo a sus empleadores, Clara, buscó dominar su ira, sus repentinas ganas de llamar por teléfono a los padres del niño y decirles todo lo que pensaba. Sin embargo, necesitaba el empleo. Haciendo gala de un autocontrol increíble, Clara, dijo con tono animado — Pero ven, mi valiente guerrero. Ven al comedor, rápido. — Clara, siempre lo llamaba de esas formas debido a los cuentos que siempre leían juntos y representaban. Ella se adelantó al comedor mostrando una gran excitación fingida. El niño la siguió con poco entusiasmo y pasó por la puerta que comunicaba la cocina con el comedor, mientras la mujer sostenía la puerta abierta.

¡Guau! — Exclamó para buscar animar al chico, —Mira lo que te regalaron papá y mamá— ni ella ni el niño nunca se dieron cuenta de la forma en la que pronunció esta frase. Cada palabra fue escupida como si pesaran miles de kilos. Fernando, al alzar la vista, vio una preciosa bicicleta azul y roja con un hermoso moño verde, en el medio de la sala, debajo de un cartel, que cruzaba todo el cuarto, que decía con letras de diferentes colores: “FELIZ CUMPLEAÑOS, HIJO. TE AMAN PAPÁ Y MAMÁ.”

Por un momento el rostro de Fernando mostró contradicción. Él hubiera preferido los abrazos y las cosquillas en la cama, pero que niño de diez años no va a estremecerse cuando le regalan una bicicleta. Caminando con paso ligero se acercó hacia la bicicleta y, destrabando la pata que la sostenía en pie, la probó montándola. Era perfecta, justo el rodado que el precisaba. En ese instante, Clara, pudo ver una pequeña sonrisa en el rostro del niño y su corazón se ablandó un poco. Antes de que el granuja decidiera usar el comedor como pista de ciclismo, la niñera lo alentó a desayunar. Luego lo mandó a cambiarse, lo abrigó y lo acompaño a la calle para que estrenara su nueva bicicleta.

La casa en la que vivía Fernando se encontraba, junto con las demás que conformaban el barrio, en una zona costera. Hacia el sur, la avenida principal conectaba al barrio con el puerto y con la salida hacia el autopista mientras que, hacia el norte, se dirigía hacia el final del barrio justo a medio kilometro del acantilado desde el cual, Fernando y su amigo, se sentaban a ver los barcos. Cuando no estaban jugando en el parque que se encontraba cien metros antes. Hacia ese parque, Clara y Fernando, con su nueva bicicleta, se dirigieron.

Fernando iba delante, pedaleando lentamente para no alejarse mucho. Clara no veía las lágrimas rodando por las mejillas del niño. Tampoco podía sentir la desazón y la desilusión en el corazón del joven. Cada pedaleada pesaba como si arrastrara una inmensa roca detrás de él. El enojo (¿O ya era odio?) hacia sus padres le aceleraba la respiración. Finalmente llegaron al parque.

Clara se distrajo un momento con una amiga, que era niñera en otra casa. Mientras charlaban sobre los padres de Fernando. Este, pedaleaba, cada vez más, con más enojo. Sin mirar hacia donde iba ni por donde. El cielo celeste y sin nubes dejaba ver un hermoso sol que apenas calentaba en esa fría mañana de agosto. El único calor que ese niño sentiría en la mañana de su cumpleaños.

Clara, al ver que el pequeño se alejaba, se despidió de su amiga y aceleró el paso, casi al trote, para acercarse a una distancia prudencial. Fernando ya se encontraba cerca del acantilado donde se posaba a ver los barcos y soñaba con, algún día, subirse a uno y recorrer el mundo. Clara lo llamó con su dulce voz y el niño se giró para mirarla. La quería, sí. La quería mucho, tanto que había veces en las que se preguntaba por qué no era ella su mamá. Ella siempre estaba a su lado, juagaba con él, lo cuidaba, lo mimaba. De forma tímida la saludo con su mano derecha y una triste sonrisa en sus labios. Clara respondió al saludo agitando su mano y con una gran sonrisa. Ese momento fue mágico para el niño.

Cuando bajó la mano y la apoyó sobre el manillar de la bicicleta la magia del momento se rompió con el martillo de la realidad. Como si del martillo de un herrero se tratara, la realidad en la que cayó Fernando golpeó con fuerza sobre el yunque que latía en su pecho. El tenue confort que la sonrisa de Clara le hizo sentir se rompió en mil pedazos. Un nuevo cumpleaños en el que sus padres decidían irse y no quedarse con él. Un nuevo cumpleaños en el que algo sin vida buscaba reemplazar aquello que no puede. A esa edad sintió como la vida era un mercado en donde se compraba amor con cosas materiales. En ese momento se bajó de la bicicleta. La sentía extraña, ajena. Como traída de un sueño que no le pertenecía. Miró el acantilado. Una leve brisa fría le acarició el rostro limpiándole las lágrimas. Clara estaba a unos pasos nada más y él sentía que debía tomar una decisión. A los diez años sintió la necesidad de asumir las consecuencias de lo que sus deseos lo empujaban a hacer.

Fernando respiró profundamente. Inhaló hasta llenar sus pulmones de aire y exhaló de forma calmada. Los latidos de su corazón no cesaban en su insistencia pero él había llegado a una conclusión. En su cumpleaños, Fernando, decidió tirar la bicicleta por el acantilado para apaciguar su desilusionado corazón.

(*Cuento registrado en DNDA)