La tormenta (2016)

Cuando Facundo tocó el timbre del colectivo las nubes habían comenzado a congregarse, se veían negras como las señoras de antaño cuando se reunían en los velorios de algún conocido. Cuatro cuadras habían quedado atrás dado que el conductor nunca se había detenido en la parada que correspondía. Tras una breve discusión con el conductor, Facundo descendió y comenzó la frenética carrera hacia el trabajo. Faltaban ocho minutos para las tres de la tarde, horario en el que debía ingresar a su puesto trabajo, en un pequeño call center con trato impersonal, en donde no se podía aspirar a más que a ser un despojo con más responsabilidades que el resto de despojos que allí pululan. Situación por la que sacara unos míseros pesos para afrontar la difícil situación que debían enfrentar en su casa tras el desmejoramiento de su padre, producto de una enfermedad terminal.

La carrera no marchaba como él quería ya que a las primeras gotas las personas se parapetaban bajo los toldos de los negocios o pequeños balcones, del centro de la capital, para poder abrir sus paraguas y retomar su marcha, bajo los toldos y pequeños balcones con la alegría de no mojar mucho sus paraguas. Nadie hacía caso a las disculpas pedidas por el joven cuando intentaba pasar. Cansado de disputar una lucha, que perdería contra los transeúntes por varios puntos, decidió emprender la carrera por la parte externa de la vereda, bordeando el cordón. Un trueno sonó estrepitosamente cuando un conductor desconsiderado pasó por la calle a una velocidad no permitida, impulsando el agua de la cuneta que, en forma de ola descontrolada, fue a dar contra el cuerpo de Facundo. Ofuscado soltó un insulto al aire cuyos destinatarios eran tanto el conductor como los caminantes que iban resguardándose en los toldos, bajo sus paraguas. Una señora muy bien vestida lo observó indignada por su mala educación y con un elegante paraguas continuó su andar petulante, preocupándose por no mojar su paraguas más de lo necesario.

En la esquina anterior a su trabajo, Facundo se encuentra atorado por el semáforo y un tránsito descontrolado que no le permitía cruzar. La lluvia había comenzado a golpear con fuerza. Otro trueno se oye cuando una señora armada con su paraguas rosa decide realizarle un fondo de ojo y, sin pedir disculpas, sigue su camino cuando el semáforo permite a los peatones pasar al otro lado de la calle. Mojado, frustrado y frotándose su ojo el joven ingresa al edificio. El ascensor acaba de salir despedido con dos personas que nunca detuvieron las puertas por no escuchar a Facundo pedirles que lo detuvieran, pues lo que hablaban parecía ser importante.

Cinco minutos habían pasado de las tres de la tarde cuando su dedo marcara el ingreso y el viento golpeaba con fuerza la lluvia contra las ventanas. Momento en el que la recepcionista veinteañera, en papel de madre moralista, le recriminaba que debía ser más responsable, ya era la primera llegada tarde de las tres contempladas. Un relámpago cruzó el cielo como si fuera una vena, unos segundos más tarde un trueno hizo vibrar las ventanas mientras la voz penetrante y chillona de su supervisora le llamaba la atención por los cinco minutos tardes, sin tomar en cuenta las explicaciones de Facundo ni que estuviera mojado hasta los huesos y con un ojo inyectado en sangre por el encuentro no deseado con un paraguas.

Ya eran las tres y diez de la tarde cuando se encontraba ingresado en el sistema y recibía el primer llamado. De fondo, como si fuera parte de la tormenta, la supervisora, cinco años menor que él, continuaba hablando con aire de suficiencia de lo importante que es llegar a horario y que el tiempo de retraso se cobraría con menos descanso. El agua se acumulaba en las calles cuando el vozarrón de un empleado cruzaba la línea telefónica con insultos y degradaciones hacia Facundo. Liberando sus frustraciones en el joven. Cadena alimenticia social. El pez más grande siempre se come al más pequeño, una historia con poder de reciclaje infinito.

Una ventana cedió al empuje del viento dejando entrar una correntada fulminante, que impulsó hojas de alguna carpeta hacia el suelo de la oficina y la lluvia comenzó a ingresar. Mientras tanto, el coordinador general, le gritaba a Facundo por haberle cortado el teléfono al cliente. El joven, que ya había pasado los veinticinco años y debía mantener su casa tras la enfermedad de su padre, debiendo dejar la licencitura en Letras, explicaba la falta de respeto. Sin embargo, el coordinador continuaba con sus gritos e imprecaciones, llegando al límite de la falta de respeto. El trueno, dentro de la oficina, sorprendió a todos los operadores al ver la tormenta que acababa de desatarse. Auriculares y micrófonos volaban de un lado a otro, mientras un teclado impactaba con violencia el suelo. Una silla salía impulsada hacia el otro lado de la sala. Como un relámpago, el brazo de Facundo salió impulsado dejando paralizado al coordinador al ver el monitor ir en su dirección.

La calma volvió a la oficina. La ventana que se había cerrado se encontraba asegurada. Las personas, en la calle, comenzaban a guardar sus paraguas mientras los operadores retomaban sus actividades con total apatía. Facundo, como un tornado pasajero, descendía del ascensor rumbo a su casa pensando cómo pagaría las cuentas.

(*Cuento registrado en DNDA)