La ciudad muerta (2016)

Nunca creí posible volver a este lugar en esa misma fecha. Pero así fue. No sabré jamás si fue ella quien en sueños me llamó o solo fue mi culpa la que me impulsó. Esta isla es verdaderamente extraña. Un paraje desolado donde alguna vez vivió gente. La pista de aterrizaje se encontraba deteriorada por el paso del tiempo y el avance de la naturaleza que surgía por entre las grietas del pavimento. Lo primero que vi al detenerse la avioneta fue la derruida torre de control a mi izquierda. Cristales ya extintos y vigas oxidadas le daban un aspecto apocalíptico. El percibirla generaba una sensación de ver la penosa imagen de un gigante que se resiste a desintegrarse junto a las arenas del tiempo. Uno podía ver el acantilado al otro extremo de la pista.

Al descender el viento frío, proveniente del río, me azotó sin cuidado y el cielo plomizo anunciaba que la lluvia no tardaría en llegar. A la altura de la pista donde la torre de mando se encontraba, pero en el costado opuesto, se abría un sendero. A ambos lados los árboles crecían torcidos, entrelazando sus ramas deshojadas dando la impresión de las manos de un viejo entrecruzando sus dedos. Una vez que habíamos comenzado a transitar el sendero el viento se mostraba más estremecedor y en su aullar parecían sonar palabras de algún idioma arcaico. Como si quisiera echarnos fuera de la isla. Sin embargo, tras diez minutos de caminata, llegamos a lo que antiguamente se llamaba el Barrio Chino. En ese momento un aullido estremecedor heló mi corazón. La calle que se abría se encontraba deteriorada por el abandono. A ambos lados descansaban esqueletos de antiguas edificaciones con techos destrozados y derrumbados. Ventanas sin vidrios dejaban ver las sombras en su interior. Los marcos desnudos eran vórtices a lo desconocido que nadie se atrevía a cruzar. Las casas eran, o habían sido, de un solo nivel y, por lo que se podía apreciar, de techos planos. Entre una y otra edificación no había espacios generando una sensación de encierro en ese camino donde a un lado y a otro las sombras parecían acecharnos. Sobre los dinteles de las entradas extraños símbolos, de color terracota, habían sido pintados mucho tiempo atrás. Ninguno era igual entre sí pero todos se asemejaban.

Llegamos al final de la calle en un lapso de tiempo que me pareció una eternidad. El horror me invadió cuando el primer trueno sonó y mis ojos se nublaron por las lágrimas al ver la escena que, frente a mí, se presentaba. Un viejo ombú que se resistía a morir se mantenía en pie aún. Sus raíces retorcidas parecían un centenar de piernas deformadas entrelazadas en una orgía macabra en la que hongos e insectos habían encontrado su hogar. De entre las ramas descoloridas y casi sin hojas, una destacaba por algo que mis ojos nunca imaginaron encontrar.

Un cuerpo era columpiado por el viento que soplaba y aullaba con fuerza. La soga, atada a la rama, sujetaba con fuerza el cuello del desgraciado hasta ese momento desconocido. Sus pies descalzos, carcomidos por la putrefacción, parecían danzar en el aire producto del bamboleo. Una fuerza irresistible me atraía al cuerpo que del ombú colgaba. Sus pantalones, raídos por la inclemencia del tiempo, dejaban ver que habían sido elegantes alguna vez pero ahora no eran más que despojos de tweed. Resistiéndome en mi interior, pero sin poder detenerme, mis ojos siguieron el recorrido ascendente y vieron los restos de un cinturón de hebilla dorada. Todavía sujeta dentro del pantalón se veía una blusa de color rojo desgastado. Mi corazón, que había comenzado a latir con fuerza, parecía que saltaría de mi pecho y saldría huyendo despavorido. No quería seguir presenciando ese espectáculo atroz. Sin embargo, allí estaba, no queriendo seguir viendo, mas sin poder cerrar mis ojos. Restos de lo que alguna vez había sido una hermosa cabellera negra como la pez caía sobre los hombros. En ese momento, el cuerpo giró y quedó frente a mí. Quería gritar al ver su rostro pero no podía articular ninguna palabra del horror que me había paralizado. Sus cuencas vacías ya no contaban con el cielo en ellas pero esto solo le daba un tono más acusatorio a su rostro. Sus labios contraídos en una mueca que parecía una sonrisa grotesca dejaban ver unos dientes podridos. Mis rodillas flaquearon y se vencieron haciéndome caer en una posición de súplica. Las lágrimas habían invadido mi rostro y el terror mi corazón cuando vi que su mano derecha se alzó señalándome y una voz de ultratumba pronunció aquellas horribles palabras <>. La obscuridad me abrazó cuando intenté ofrecer mis disculpas por ser un cobarde.

Desde entonces estoy aquí, recluido en esta torre abandonada. Al parecer mis acompañantes han huido al ver el horror personificarse. Pero sin duda siguen aquí en la isla, perdidos. Solo recuerdo que corrí por lo que alguna vez fue la calle central de esa ciudad muerta hasta llegar a la pista de aterrizaje. Mis compañeros no estaban aquí y la lluvia me obligó a tomar refugio en las ruinas de este gigante. Soy incapaz de escapar. Con cada embiste del viento sus palabras llegan a mi desde el sendero que lleva a la ciudad maldita. Grito desesperado pidiendo su perdón, no quise abandonarla aquí cuando todo sucedió. Creo que por eso volví, para cerciorarme de que todo fuera una pesadilla. Y aquí estoy. Esperando que la muerte me libere de esta maldición.

(*Cuento registrado en DNDA)