Recuerdos (2013)

¿Cómo dices mi amor?— dijo el hombre y agregó sin esperar respuesta, — no creo que venga. Debemos enfrentar el hecho que a nuestro hijo ya no le somos de interés. — El hombre miraba a través de los barrotes de la reja de la ventana. Fuera de la habitación un hermoso sol primaveral acariciaba el césped y el dulce aroma de las flores aromatizaba todo el ambiente gracias a un pequeño respiradero en el extremo superior de la ventaba; el armónico cantar de los pájaros acompañaba las reflexiones.

No insistas con ese cuento de que tiene mucho trabajo y que, debido a ello, no nos puede visitar—. No había rencor en la voz de aquel hombre, solo cansancio y tristeza. El cansancio de toda una vida de sacrificios de los cuales, como recompensa, solo obtuvo canas en su cabello, profundas ojeras en su rostro y arrugas que le hicieron bajar sus brazos, y dejar la lucha a los más jóvenes. Sus ojos se encontraban cerrados de cara al sol, sintiendo el tierno calor de la gran estrella y, con él, la melancolía de los recuerdos.

¿Recuerdas, amor, cuando nació?— Una leve sonrisa se dibujó en sus marchitados labios. Con su mano derecha recorrió el contorno de su quijada, sintiendo la áspera barba que comenzaba a crecer. — Era una ternura de cuarenta centímetros, toda rosadita y arrugada como una ciruela pasa. Yo había salido corriendo del cuartel hacia la clínica ni bien me llamaste. — En su voz había una amarga congoja. El sol de la mañana alumbró el ambiente y su reflejo, en las paredes blancas, le daba un sesgo celestial a la imagen. Él recordó toda una vida dedicada al ejército. Desde los quince años, aproximadamente, que había trabajado haciendo recados para su tío que era teniente en las Fuerzas Armadas. A su memoria, un tanto deteriorada gracias al tiempo, iban y venían recuerdos. Su tío lo había ingresado como cadete y rápidamente llegó a ganarse el respeto del jefe de su pelotón, un joven dedicado y consciente de los valores nacionales y cristianos, como lo habían catalogado en su legajo. Una sonrisa en sus labios le iluminó el rostro al recordar el día que había conocido a Marta, quien sería su esposa, gracias a una visita que ésta le había hecho a su padre, el coronel de quien él era chofer. Recordó ese noviazgo espléndido y el casamiento. Ese día el tenía veintiún años y ella diecisiete, el diecisiete de noviembre de 1953. Recordó que esa fecha era el sexto aniversario desde que él ingresase al ejército o, por lo menos, que realizaba tareas en él. Por eso él había elegido esa fecha, algo que a Marta le agradó. Tres años después nacería Rubén, su único hijo.

El sol cobraba más calidez conforme los minutos pasaban. El silencio de la habitación solo se veía alterado por el melodioso trino de los pájaros, cuando no era la ajada voz del hombre la que rompía el silencio. — ¿Recuerdas su primer cumpleaños?— Preguntó el hombre y comenzó a reírse pausadamente. — Recuerdo que al momento de soplar la vela, como no llegaba, creyó que la torta sería un buen lugar para apoyarse y sus brazos se hundieron embarrándose de crema y chocolate. — El hombre río como si eso estuviese ocurriendo en ese instante. Por unos minutos no pudo dejar de evocar ese recuerdo ni borrar la sonrisa de su rostro—.Recuerdo su primer día de escuela. Su pantalón azul corto, la camisa blanca, los zapatitos negros…Sí, la imagen de un gran estudiante—. Por momentos, su voz se perdía, un nudo en la garganta lo obligaba a carraspear. Su respiración acompasada y por momentos entrecortada, volvía a la normalidad. Su vista se encontraba fija en la ventana como si un embrujo lo hubiera abstraído de la realidad. Nada más parecía existir para el anciano, nada más que sus recuerdos y esa ventana que dejaba colar la calidez del sol primaveral. La ventana cerrada, como siempre lo deseaba ¿O era la imposibilidad de abrirse al mundo lo que hacía que nunca la abriera?

Muchos minutos pasaron y el anciano seguía recordando y recordando cada suceso de su hijo y resignándose a que nunca lo visitaría, como esa prenda de vestir olvidada al fondo del armario nunca más es usada. Recordó el acto de fin de año que anunciaba el fin del primer año escolar de su hijo. Como si de un sueño se tratara recordó cada uno de los años de la escuela primaria de Rubén para luego dar paso al recuerdo de la escuela secundaria.

¿Recuerdas, Martita, cuándo comenzó la universidad? Había decidido ser abogado. — Inspiró hondo y siguió de pie frente a la ventana, como si estuviera en alguna de sus viejas guardias en la puerta de la escuela militar. — Cómo me hizo renegar. — Agregó con unos espasmos que encubrían una risa silenciosa, — Yo quería que siguiera mis pasos, pero vos no. Decías que se estaba poniendo difícil, que la Argentina estaba violenta—. El semblante del anciano se tornó serio. —No querías que esos terroristas de la subversión te lo mataran—. Las lágrimas comenzaban a tomar posición, como cuando los corredores esperan la señal para salir a toda velocidad. Él culpaba a Marta por la muerte de Rubén.

No me lo voy a olvidar jamás, cuando llegó con ese amigo suyo. El “zurdo” ¿Cómo se llamaba?— Hizo silencio esperando que Marta le respondiera y al no tener respuesta continuó, —deja no importa. Amigo—.Al pronunciar la palabra amigo había desfigurado el sentido, lo había dicho con cierto sarcasmo. En ese momento las lágrimas comenzaban a correr lentamente por la mejilla. —Yo te dije que no quería que lo viera, que pasaba mucho tiempo con ese zurdo en vez de pasar el tiempo buscando un buen partido, una chica decente. Zurdos de mierda—. En este momento la voz comenzaba a tomar un tono cercano al odio. –Ese amigo suyo, que tanto defendía, es el culpable. Él lo mató.—

En este momento el anciano guardó silencio por un buen rato. Siempre firme frente a la ventana, ahora con los ojos cerrados y las lágrimas secándose al sol. No notaba, o no le importaba, que detrás de la puerta lo observaran. Su mundo solo era su ventana, el sol y el jardín que veía transitado por, lo que él llamaba, gente importante pues vestían ambos blancos y trajes, seguro eran médicos. Detrás de la puerta, que se encontraba a sus espaldas, una mujer lloraba con amargura y a su lado, con actitud distante de profesional, una persona importante. —Así, señora de Parraguéz, es todos los días de sol. Recordando a su hijo—.

¿Dice algo más doctor?— La voz de la mujer se entrecortaba por los sollozos, se le hacía muy difícil hablar. El doctor a su lado no dijo nada.

Verá señora, el señor Parraguéz sufre un episodio de lo que llamamos esquizofrenia—. Explicó el profesional que, ante el silencio de la mujer, decidió explayarse un poco más. —A ver, para que usted lo comprenda, se encerró en un mundo que no es el real. El cree estar, digamos, en el living de su casa charlando con usted, como si el problema fuese que su hijo no los visita—. El llanto de la mujer se hizo más fuerte.

¿Usted me dice que no recuerda nada de lo que hizo?—

Según el informe que tengo del momento de su ingreso es que comenzó a sufrir delirios producto de los combates a los que asistió contra la subversión ¿Es así?—Inquirió el doctor mirando a la señora de Parraguéz a los ojos, mirada que ella no sostuvo y la desvió hacia el suelo. —Señora de Parraguez ¿Qué fue lo que realmente sucedió?—

Yo…no…—Comenzó a decir la mujer ya cansada. Muchos años había callado la verdad, mucho tiempo intentó creer que no había sucedido pero, como en esos momentos de debilidad de los que uno puede llegar a arrepentirse, no pudo seguir hundiendo en el abismo del silencio lo que en verdad había sucedido y decidió levantar la vista, y responder a la pregunta. —Mi marido no soportó que nuestro hijo, Rubén, fuera homosexual y por eso lo mató. —

(*Cuento registrado en DNDA)