Traición (2016)

Un cielo celeste en un día frío de invierno marcaba el inicio de un día en el que muchas personas, sin hacer caso de la temperatura, decidieron pasear por el parque. Sentado en una banca se encontraba un señor elegantemente vestido, y cuando digo elegante me refiero a galera, bastón y a todo eso que hace a una persona elegante. Sin embargo, a pesar de su elegancia, su semblante era serio y en su mirada vacía se podía ver reflejada la tristeza de su alma. Por respeto, o como castigo, su nombre quedará en el anonimato por lo que nos referiremos a él como Señor C.

El sol ascendía en el cielo y los paseantes iban y venían. Algunos en silencio, otros charlando y otros paseando a sus mascotas. A lo lejos el ruido de carruajes se fundía junto al de las risas, los ladridos y el cantar de los pájaros. Todo el color y la vida del parque contrastaban con el triste y elegante Señor C., que mientras pasaba su tiempo sentado era ignorado por los paseantes que por allí caminaban o que, ocasionalmente, tomaban asiento en la banca.

De pronto un joven vestido con una camisa, un saco y un pantalón raídos, dando a entender que su guardarropa era escaso, se sentó a su lado. Mientras se acomodaba la boina lo saludó —Tenga usted buenos días, señor—. El Señor C, que no esperaba saludo alguno de un desconocido, inclinó la cabeza correspondiendo al saludo. El joven, con tono dubitativo, agregó —Le pido disculpas, señor, pero necesito preguntarle algo si me lo permite.

La inexpresividad del Señor C., cohibió al joven que, aclarándose la garganta, volvió la mirada hacia el parque y hacia el parque. —Veo que es nuevo por aquí—, respondió el Señor C.

¿Por qué lo cree, señor?

Porque nadie que pasee por el parque me ha dirigido la palabra. Es por esto que considero que es nuevo por aquí. Al menos, en el sentido al que me refiero.

Disculpe, no fue mi intención molestarlo.

¡Oh, no! No me ha molestado. Disculpe si soné molesto o falto de expresividad, solo me sorprendió que me hablara. Pero es agradable volver a hablar con alguien. — Dijo el Señor C, y agregó mirando al joven — Un hombre de oficio por lo que veo. — arrancando en aquel una tímida sonrisa mientras asentía con la cabeza.

Así es, señor.

Disculpe mis modales. Usted deseaba preguntarme algo.

Oh, sí. Pero no importa. Era una tontería.

Comprendo. — Dijo el Señor C, mientras se rascaba la frente justo en donde encajaba su galera y agregó —De todas formas le respondo que sí.

¿Sí? No comprendo. No le hice la pregunta. — El Señor C., sonrió y apoyó ambas manos en su bastón.

Me iba a preguntar si siempre era así. Si siempre se siente como si uno fuera invisible y la respuesta es sí. En los tiempos modernos inclusive uno es invisible aunque no se encuentre en una ciudad grande como esta. —En cuanto el Señor C terminó su explicación, el joven notó como se llevaba su mano derecha hacia su pecho, introduciéndola dentro del saco. El silencio reinó unos segundos. El hombre elegantemente vestido volteó el rostro hacia su joven interlocutor — ¿Y usted, joven?— inquirió, mientras aclaraba su garganta — Disculpe, no quiero sonar entremetido.

¡Oh, no!, no suena así ¿Qué desea preguntarme?

¿Por qué se encuentra aquí, usted?— El rostro del joven se endureció al oír la pregunta. Recordó lo sucedido unos días atrás y un escalofrío lo estremeció.

Por mis ideales. — Respondió con una sonrisa tímida y agregó — Por ellos y por culpa de ellos.

Pues siempre es así, mi joven amigo. Los ideales son la causa y el efecto de lo que nos sucede. Inclusive cuando creemos esa aberrante idea de creer que carecemos de ideales.

Más allá del dolor que me aflige nunca renunciaré a ellos.

Y nunca lo haga. — Agregó el Señor C. El silencio volvió a reinar entre ellos. Callados se quedaron mirando el ir y venir de las gentes. El cielo despejado y la fría brisa seguían firmes en su lugar. Dos niños pasaron corriendo mientras su padre los corría regañándolos por algo que habrían hecho.

¿Quiere oír la historia? — Preguntó el joven.

Solo si usted desea contarla, en ese caso seré todo oído. — El joven sonrió aunque su rostro no demostraba felicidad alguna. El hombre de la galera entendió que la historia le traía dolor a su corazón. De pronto sintió vergüenza por haber accedido a que el joven recordara algo que, al parecer, le había causado dolor. Sin saber porqué no pudo sostenerle la mirada y decidió escuchar el relato mirando hacia el frente.

Me parece justo. — Respondió el joven con una amarga sonrisa — yo trabajo…— de pronto calló. Sentía que su pecho se había estrechado y su corazón se había acelerado. Se aclaró la garganta y se corrigió —yo trabajaba, debo decir con mayor certeza. Es difícil acostumbrarse el relatar algo cuando uno ya no pertenece más que como parte de una historia, ¿no? — El joven se calló mientras el Señor C asentía con la cabeza, una vez más, con su mano en el pecho. — Bueno, como le decía. — Retomó el joven — Yo trabajaba en la fábrica de ladrillos al otro lado de la ciudad. Bajo condiciones inhumanas. — Tomó un largo suspiro y continuó — Con los compañeros decidimos luchar por nuestros derechos y decidimos hacer huelga. Nuestro sindicato dijo que nos apoyaría pero uno de sus dirigentes había desaparecido dejándonos solos en la lucha. Algunos dijeron que se había fugado con el dinero que aportábamos, otros que lo habían mandado a callar. La verdad es que nunca lo sabremos. — Una vez más, el joven hizo silencio para tomar aire y retomar el relato — Bueno, no lo aburriré con los detalles. Como le dije, decidimos hacer huelga y, por pedido de mis compañeros, yo encabezaría la protesta junto a mi compañero de lucha, Kovalenko. Sin embargo, nunca vi que la mano que me palmeaba la espalda alentándome a seguir adelante sería la misma que me haría caer. El patrón le había prometido un ascenso si me persuadía. Pero al ver que yo seguía firme en mi posición de lucha, decidió ir más lejos. A la vuelta de la última asamblea, antes de la huelga, me esperó en la puerta de la pensión donde vivía con mi esposa y mi hijo. En ese momento me di cuenta que los ideales me habían cegado, ya no volvería a ser el mismo. Todo se derrumbó en un segundo, un temblor y todo acabó. La huelga nunca se realizó y el patrón sigue amasando grandes cantidades de dinero gracias a la traición. — El joven calló definitivamente. Su mirada, hacia el suelo, mostraba nostalgia por lo perdido, por todo aquello que nunca obtendría, por abandonar a su esposa e hijo. No había furia ni enojo, solo pena. El Señor C, volteó para mirar al joven y un escalofrío lo estremeció. El joven levantó la mirada para ver al hombre a su izquierda — ¿Se encuentra bien, señor? A juzgar por su expresión diría que acaba de ver un fantasma. — Agregó con una amarga sonrisa. El hombre intentó responder pero las palabras no le salían y no comprendía el porqué. Tosió para disimular y mirando al joven hizo un gesto con su cabeza, dando a entender que se encontraba bien. Una vez más el silencio se hizo entre ellos.

Ya era mediodía. La cantidad de personas en el parque había disminuido ya que muchas se habrían ido a su hogar o a algún restaurante para almorzar algo. Algunos jóvenes enamorados decidieron pasar el día en el parque realizando un picnic. Las risas acompañaban al trino de los pájaros. Al otro lado del parque se veía a dos guardias de seguridad hacer su ronda, hecho que al joven estremeció y se echó la boina hacia adelante, como queriendo tapar su rostro. El Señor C, siguió sentado firme con su mano izquierda en el bastón y su mano derecha dentro del saco, a la altura del pecho.

El joven tomando aire decidió hacer la pregunta — Disculpe, usted, si me meto donde no me llaman pero, ¿puedo preguntar sobre su historia? — El Señor C, tomando aire, volteó para mirar al joven, quien le sostuvo la mirada. Podía ver la melancolía en sus ojos. Sin duda era una historia triste.

Verá, mi joven amigo. La vida es tan sencilla como complejo es el ser humano. Nada importa la educación que posea, hay tanta codicia en aquel que dirige un país como en aquel que no tiene nada que perder. La insensatez no es solo producto de la juventud, así que no se sienta afligido por ser víctima de sus ideales, ¡ay Dios! Si más personas tuvieran ideales como los posee usted, el mundo sería diferente. Sin embargo, no es así. El mundo escribe la historia con la sangre de los oprimidos en el sentido que los opresores desean, mientras los traidores son meras herramientas si no pregúntele a Judas. Esa es la triste verdad. Esa es la condenada historia. Mientras tanto, entre líneas, vagamos los que sabiendo que no tenemos la naturaleza del mal y del egoísmo, deseamos lo que no nos es permitido tener. Somos simples peones en el juego de Tique. Verá, mi joven amigo, mi historia posee tanta injusticia como justicia existió en el hecho que me trajo aquí, a este banco. Una historia que me lleva a merecer ser invisible y olvidado por cada persona que conozco. — Llegado a este punto el Señor C, hizo silencio. En sus ojos una mirada vacía hacía juego con la inexpresividad de su rostro. A pesar de esto, el joven, notó que la amargura de sus palabras era sentida por su interlocutor. El hombre elegantemente vestido tomó aire y decidió continuar su relato — Verá, mi querido amigo. Yo nunca fui un hombre de grandes riquezas. Mi padre fue dueño del periódico El Obrero del cual seguro usted escuchó hablar. — El joven asintió dando a entender que lo conocía, — dicho periódico siempre se comprometió por la lucha de las personas como usted, los desdichados y oprimidos obreros. Tal es así que yo también llegué a la vida adulta con esos ideales. Pero, como dije antes, todos somos peones en el juego de Tique. En ese juego ocupé un casillero para el cual no estuve a la altura. Habiendo sido formado para algo diferente mi deseo fue algo más allá de lo debido. Habiendo abusado de la confianza de quienes me creían su amigo decidí subir a un tren y emprender un viaje hacia las tierras de Carlos III. Allí decidí hundirme en el despilfarro que siempre es bien visto si uno se viste de forma adecuada. Pues la apariencia es lo único que importa en este tiempo. No es de interés si uno obra bien o mal, ni siquiera es juzgada la apatía, siempre y cuando uno se vista de la forma en la que muestre que es digno de respeto. No puedo quejarme de mi fortuna porque no me abandonó en ese viaje. Volví sonriente no solo por el juego sino porque las señoritas siempre complacerán a quien las trata bien, más cuando se las acaricia con un billete. Cuidado, mi joven amigo, no crea que pienso de la mujer en esa forma, pero en ese ambiente es más común encontrarse con ese tipo de seres. — En este momento el Señor C, calló y tomó un profundo suspiro. El joven, serio, escuchaba atentamente cada palabra que aquel decía. — Bueno, no le voy a mentir. La verdad es que poco recuerdo de los últimos días. No sé si por vergüenza o porque mi mente eliminó esos recuerdos. Hablándole honestamente tras el viaje al principado en la costa del Mediterráneo podría haber solucionado las consecuencias de las que mis actos fueron la causa. Nunca sabré que pasó por mi cabeza, no sé en qué momento mis ideales se pusieron en venta o si los ideales que creía tener no eran más que una máscara para obtener el respeto de mi padre. La realidad es que a mi regreso las noticias borraron toda alegría que el viaje pudo haberme traído. A pesar de no haber sostenido un arma en mis manos a lo largo de mi vida, hasta ese momento, no dejaba de sentir que la sangre de un inocente las había manchado. Lo último que recuerdo es que llegué a mi hogar y recibí una carta, no recuerdo ahora qué decía, una cortina negra ha caído en mi memoria. Solo recuerdo un temblor, uno de esos temblores que solo sacuden a uno o quizá es uno que está quieto mientras el mundo, en un segundo, decide temblar. Un dolor en el pecho y así permanecí en el sillón con mis ojos mirando el techo de mi sala. Ningún dinero podrá compensar la vergüenza ni el dolor que generaron mis actos como ninguna palabra será suficiente para poder pedir perdón.

(*Cuento registrado en DNDA)