Una cuenta pendiente (2017)

La habitación era de un color pastel verdaderamente deprimente. Frente a la puerta se encontraba una persona avejentada, a pesar de no ser tan mayor. Deteriorada por el paso del tiempo. La mesa al lado de la cama no tenía más que el teléfono para comunicarse con los diferentes números internos de la clínica. A la derecha de la puerta de entrada se encontraba una ventana con la persiana subida hasta la mitad y las cortinas blancas cerradas que evitaban que la luz del día ingresara de forma violenta. El silencio de la habitación solo era alterado por el rítmico sonido del respirador artificial y del monitor que mostraba la frecuencia cardíaca.

La puerta se cerró lentamente, como con timidez. O quizá fuera las dudas que el visitante tenía encima. << ¿Qué hago acá?>>, pensó. Con pasos pausados y una respiración nerviosa se acercó hacia el costado derecho del hombre acostado. <<Aunque me escuche qué le puede interesar. >>. Quien reflexionaba al lado de la cama era un hombre de mediana estatura. Pelo corto, barba y unos treinta años a cuesta —

¿Estás despierto? Al menos veo que vivo estás. — La dureza de sus palabras lo sorprendió y lo tranquilizó al mismo tiempo.

El hombre acostado abrió sus ojos lentamente, como si los parpados fueran dos persianas oxidadas por el paso del tiempo. Su rostro, aunque inexpresivo, no dejó de demostrar un poco de sorpresa por la impertinencia de las palabras. La máscara que rodeaba la boca del internado se empañó, lo que el visitante comprendió como un signo de que el hombre había querido hablar. Acercó su oreja a la cara del hombre y este repitió lo que había dicho con un hilo de voz, — usted, ¿quién es?

El visitante torció la boca en una mueca de una perceptible sonrisa, una sonrisa un tanto burlona. Apoyando su mano derecha en el antebrazo del hombre le indicó que no hablara, que es él el que hablaría. — No es que no me interese lo que me vayas a decir, — indicó el visitante, — sino que no creo que tengas algo qué decir. Tu cara demuestra que no sabes quién soy, mejor así. Me es más fácil hablar. Sin embargo, te pido un solo favor, no me quites los ojos de encima mientras hablo, ¿de acuerdo? — El hombre asintió cerrando los ojos y volviéndolos a abrir. El visitante dejó su abrigo en el respaldo de la silla y se sentó. Se apoyó en el respaldo y cruzó la pierna derecha sobre la izquierda, sosteniéndola con sus manos entrelazadas a la altura de la rodilla. — Bien, ¿comenzamos?— Dijo no esperando respuesta alguna. Tomó aire y empezó a hablar: — Nosotros nos conocimos hace mucho tiempo atrás, en otra vida diría. Y el término “conocimos” es solo en alusión de que nuestros caminos se cruzaron en algún momento. Hagamos de cuenta que soy un acreedor que se tomó treinta años en venir a cobrar su deuda. Claro que soy solo uno de todos los acreedores que debes tener. ¿Me explico? — preguntó, y esperó a que el hombre diera algún signo. Pero la forma en la que lo miraba indicaba que no lo comprendía. — Bien, veo que no has entendido. Te lo explicaré. Hace más de treinta años plantaste una semilla, pero nunca te quedaste a ver cómo crecía ese árbol. Bueno. — Terminó haciendo con sus brazos un gesto como los presentadores de un programa donde entregan un premio. El hombre cerró los ojos y los apretó mientras sacudía su cabeza de un lado al otro en un gesto de negación. — No te atrevas a cerrar los ojos. — Dijo el visitante con dureza. — No se puede negar que el que traicionó cobardemente una vez tiene un grado alto de probabilidad de volverlo hacer. Por eso estoy acá, para que esta vez no puedas dar media vuelta e irte. Así que te prohíbo cerrar los ojos mientras estoy en esta habitación, así como vos has decidido prohibirme el crecer con un padre. — Al decir esto el hombre abrió los ojos y clavó la mirada en los ojos del visitante. Este se quedó mirando al hombre que yacía en tan deprimente habitación como corolario de su deprimente vida. — No se te ocurra pronunciar la palabra que no conoces. Solo mi madre puede usarla a su antojo y no permitiré que la manches con el patetismo de tu persona. — La dureza del tono con el que el visitante pronunciaba estas palabras demostraba que habían madurado en las sombras más obscuras de su inconsciente. Palabras que no mostraban rencor en absoluto sino un triunfo interno. — Cuando me enteré de que estabas internado pensé en que lo mejor sería que la muerte te alcanzara. Total, en mi vida, lo has estado por más de treinta años. Sin embargo, en silencio, tomé la decisión de venir. No podía permitirte la partida sin antes mostrarte lo que llegué a ser sin tu presencia. La decisión la tomé en silencio no porque mi madre me lo fuese a prohibir, a esta edad pocas cosas puede prohibirme, sino porque ella me lo permitiría pero sin entender el propósito real de mi visita. Ella creería que es para hacer las paces y esto solo puede hacerse cuando hubo una guerra. No, no es posible hacer las paces porque nunca estuve en guerra con vos. Como dije antes, vine a cancelar la cuenta. Vine a cobrar lo que adeudas. En lo que posiblemente sea tu último capítulo en la historia de tu vida no me permitía estar ausente, como un personaje que se hunde en el anonimato de las sombras. Como lo hicieras vos en cada momento de mi vida. No, no podía ser igual a vos. No me lo permito. Eso habría sido producto de tus enseñanzas ausentes y yo soy otra cosa, soy producto de las enseñanzas de mi madre y de las experiencias que he vivido. Te las relataría, pero no es posible que puedas apreciarlas. No se puede sentir lo que no se ha vivido. — Hizo una profunda inhalación y exhaló pausadamente, como si el silencio hubiese sido estudiado metódicamente para estudiar las expresiones de su interlocutor.

Los ojos del hombre estaban fijos en el. De no ser por los aparatos a los que estaba conectado hubiese pensado que estaba muerto. Lentamente pestañó y se aseguró que aún lo escuchaba. El visitante decidió prolongar el silencio unos segundos más y se quedó mirando al hombre que, acostado, no emitía ningún sonido, sino que escuchaba en silencio. Pero no era un silencio que esperaba su espacio para exponer su relato, sino que era el silencio de la derrota. Ese en el que uno se hunde cuando el argumento esgrimido por la otra parte le ha quitado toda posibilidad de réplica.

El joven carraspeó y tomó aire. — ¿Te preguntaste alguna vez que había sido de nuestras vidas? Asumo que sí. Todos, en algún momento, nos preguntamos por ese perro que tuvimos que abandonar por no poder mantenerlo o por no quererlo. Bah, al menos pienso eso. Claro que muchas veces me pregunté cómo sería este encuentro y cómo me responderías a mi pregunta de por qué nos abandonaste. Años armándome ese diálogo en mi cabeza y siempre empezaba igual, vos respondiéndome: “No lo entenderías. Eres muy chico para entender”. Claro que en esa charla inventada no tenías rostro y tu voz era la mía. Quizá así, como se dio, está bien. Porque de la otra forma, si me respondieras como lo imaginé, me habría dado miedo y me preguntaría de donde vienen mis dones de clarividente. Como aquellos sjåmadhr y me iba a empezar a vestir con un manto azul y en mi cabeza la piel de un cordero. — Una risa apagada y sin gracia salió de su boca al mencionar esto último. El silencio se hizo nuevamente en la sala, solo acompañado por el rítmico sonido del monitor que medía el ritmo cardíaco y el respirador automático. El hombre movió su mano derecha en un gesto de querer alcanzar el brazo del visitante. Este sin moverse dejó que la mano de su interlocutor cayera tras el vano esfuerzo realizado por alcanzar su mano.

En el rostro del joven volvió a dibujarse una sonrisa amarga, desprovista de piedad hacia el hombre. — ¿Qué? ¿Acaso dudas de mi existencia? ¿Crees estar alucinando una última visión antes de perder tu cordura? Pues no, déjame demostrártelo. — Tras decir esto se acercó al rostro del hombre y le dijo al oído, — soy ese perro abandonado. El que dejaste en medio de la ruta. Pero, — comenzó a decir mientras se incorporaba quedando de pie, — como vez, aquí estoy. No por deseo de volver a mi dueño sino para demostrarle que me han cuidado y he crecido para convertirme en un hombre. — Dirigió una mirada a toda la habitación, — mientras vos estás aquí, solo y sin un adorno que demuestre que te han visitado. Pues la única visita que tienes a diario es la del médico, pues le pagan para hacerlo. Es todo lo que le pido a la vida. Cuando me tenga que regalar a la muerte que lo haga sin preámbulo, pues trataré de dejar todas las cuentas canceladas a tiempo. — Dicho esto, el visitante tomó su abrigo y se lo colgó del antebrazo izquierdo. — Bueno, ahora sí. Mi horario de visita se extendió más de lo deseado. No quiero quitarte más tiempo. — Dijo irónicamente, — y que quede claro que no deseo que mueras. No quiero eso. No por piedad, como dije antes has estado muerto desde hace mucho para mí, sino porque no quiero que luego de esto vuelvas a tomar la salida fácil y desaparecer. No, ojalá te mejores y vivas muchos años más con el recuerdo de esta charla grabado en tu memoria.

Terminado esto, sin un saludo ni una muestra de piedad hacia el hombre que respiraba con dificultad, el visitante se dirigió a la salida sin mirar hacia atrás. Abrió la puerta y con paso decidido salió de la habitación como si saliera más aligerado por deshacerse de una carga que llevara encima durante años. Con suma delicadeza cerró la puerta y con una sonrisa en su rostro se dirigió hacia la salida. Su sonrisa no era de alegría por lo sucedido sino por haber saldado una cuenta pendiente.

1 sjåmadhr: En la mitología nórdica era una especia de adivino. Sjåmadhr significa. “hombre que ve”.

(*Cuento registrado en DNDA)